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Tres en raya


1, 2, 3... 1, 2, 3... 1, 2, 3... 1, 2, 3... 1, 2, 3.

Todos estamos aquí, de alguna forma, buscando atención,
¿Qué se supone que debo hacer ahora con todo esto?
Vuelvo a ver escritos tu nombre y el mío, uno al lado del otro.

o quizá deba preguntarlo... ¿estamos buscando atención?
Definitivamente, no me lo esperaba:
Noche extraña. Hace tanto que no pasaba...

Tiene sentido: queremos ser los protagonistas de nuestras propias vidas
la vida juega de formas tan misteriosas y despiadadas a veces...
pero el tiempo hizo que ahora sea distinto:

Qué hacer cuando tu vida la viven otros...
¿Qué nos queda cuando nos pasa por encima?
el frío se siente hasta los huesos pero ya no duele.

Debería escribirlo, o abandonar esto y actuar, o quizá no, quién sabe.
Era del todo necesario escribir esto
Es tan innecesario, tan fuera de lugar escribir esto...


O.O [ojotes]

Ojotes, a varios metros de distancia pero siempre ojotes, que después de mucho tiempo se aparecen detrás del muro y al final de la bajada, bajada que en aquellos tiempos siempre era subida.

Ojotes, a varios metros de distancia, como volver a zambullirse en ese mar enorme y profundo, siempre profundo, y perderse navegando, algo dopado, con brisa marina, con sol que abriga y no quema, con olas que aletargan el compás de los latidos y los hacen cada vez más calmos, cada vez más quietos, pero siempre latidos.

Ojotes, con el rostro hacia el sol y perdido en tus ojotes, en el mar, feliz por ver tus ojotes.

Ojotes que hacen que los días y las noches sean inmortales.

Ojotes por los que el cielo estuvo sonriente esta noche.

Sobre la relatividad del ritmo de los mundos

«Eso no es apurarse, eso es seguir el ritmo. En realidad nada se controla.
El controlarlo todo es aparente».

Hay ritmos que nos seducen, se apoderan de nuestros sentidos y nos elevan sin que podamos hacer nada. Cuando nos percatamos ya estamos ahí, flotando en medio de alguna atmósfera desconocida, extraña pero a la vez encantadora. En esas situaciones simplemente nos dejamos llevar por la voz del viento, ya sea por sus tibios susurros de medianoche o por sus enérgicos gritos de media mañana. Eso, definitivamente, no es apurarse, eso es seguir el ritmo.

Creo que una vez ahí, una vez envuelto, ya nada se controla: significa estar como levitando, sin gravedad, sin ningún punto de apoyo que nos permita dirigirnos voluntariamente hacia lugar alguno. Estamos destinados a seguir el camino de la voluntad del viento que nos envuelve. Por otro lado, la naturaleza del viento no siempre es la misma: a veces se encarga de las más nobles coreografías de las hojas secas, a veces se encarga de los más devastadores e impetuosos huracanes. Cabe entonces averiguar cuál viento nos irá a envolver.

Se nos está permitido el control siempre y cuando no hayamos sido atrapados antes por alguna corriente de aire. Podemos tomar precauciones y estar preparados ante cualquier eventualidad. El servicio meteorológico ha demostrado ser muy efectivo en los últimos años, por lo que cualquier indicio de riesgo nos será notificado a su debido momento. Lo que se debe distinguir es que esto en realidad no significa control alguno: significa precaución. El control de aquello que de todas formas nacerá está y estará siempre fuera de nuestro alcance.

El controlarlo todo, por lo tanto, es aparente. La inercia de los mundos que se encuentran es gigantesca en comparación a las minúsculas voluntades de nosotros los humanos. Nos acoplamos al ritmo de los mundos que llegan hacia nosotros y nos envuelven en sus atmósferas.

La relatividad, finalmente, radica en el punto de vista del observador (o en este caso, el envuelto, que vendría a ser lo mismo). Apurado voy para el que va lento. Lento voy para aquél más presuroso que yo. Pero, si el ritmo de los mundos que nos visitan es exactamente el mismo ritmo que el nuestro, no hay necesidad de acoplarse: basta dejar que las cosas caigan por su propio peso.


Lista de cosas por (ya no) hacer

Resulta que hoy tengo infinidad de cosas que no puedo concretar
y no entiendo el porqué, o será que no quiero entenderlo.

Resulta que hay una película que aún no puedo ir a ver
por más que muera por verla y ahora no sé si llegue a hacerlo.

Resulta que tengo un par de cigarrillos que no me puedo fumar
esos que sobraron de aquella vez que morimos en medio de las balas.

Resulta que hay un bolero falaz que siempre debo omitir
y debo hacerlo por voluntad y decisión, por voluntad y decisión.

Resulta que ahora debemos negarnos el placer de sentir
porque lo peor que hicimos fue querernos, querernos tanto.

Resulta que el llamado de pies en blanco y negro
debo guardármelo para alguna subasta de garaje.

Resulta que ver a Sabina, quizá en primera fila, pierde todo su sentido
sin la voz dulce y tímida que me susurre sus versos al oído.

Resulta que los viajes improvisados y descabellados ya no resultan atractivos
porque el viajar implica volar, sentir, soñar, y por añadidura, también viajar.

Resulta que el pececito no quiere dejarse cuidar
y poco a poco el gato se olvidará de ronronear.

Resulta que de todas esas cosas, no quiero concretar ya ninguna
y no entiendo el porqué, o será que no quiero entenderlo.

Gracias



Cercana, distante: eres reciente y eres eterna al mismo tiempo.

Asomas tu luz en estos tiempos, en esta vida,
pero quizá provengas de otra mucho más antigua,
quizá te conozca desde siempre y no lo sepa.

Resultas extraña... y a la vez me inspiras confianza.

Menguante o creciente eres:
las mismas penas, las mismas alegrías tienes.

Eres luna: esta noche vistes de blanco;
vistes de blanco y así vienes a mí,
me susurras al oído un bolero falaz,
me abrazas y te dejas abrazar,
lloras y lloro contigo.

No te vi llegar: me fijé y ya estabas ahí
y seguro que ni tú lo notaste;
eres luna: esta noche brillas sólo para mí
(con tu luz no me importa el frío)

gracias por venir,
gracias por los espejos,
nunca pierdas tu luz propia,
nunca dejes de brillar.

Volviendo a la vida


El texto que sigue no es una traducción precisa de la canción, es la carta que un "suicida" dejó en algún universo paralelo y que sirvió de inspiración para esta ficción. En lo posible, traten de cargar todo el video, luego darle play, dejarse envolver por la atmósfera y sintonizarse con la guitarra; después, comenzar a leer la carta cuando se comience a cantar, para que sea una especie de banda sonora o algo así.

En días como hoy me gustaría saber dónde estabas tú, saber qué hacías en el preciso instante en el que yo me consumía por el fuego, cuando me quebraba en el silencio, mientras los días pasaban y pasaban por mi ventana y frente a mis ojos. Dónde estabas tú aquellos días en los que sin querer resultaba herido y las heridas no dejaban de sangrar. Porque todas las cosas que sueles decir y todas las cosas que sueles hacer siempre me mantienen envuelto, rodeado, nublado, turbado, cegado. Y así, mientras tú intentas a toda costa colgar tu completa existencia en los versos de otros mundos, muriendo por creer en todo lo que te rodea, en todo ese sueño ajeno que te envuelve, mientras tanto, yo estaba aquí en mi ventana, frente al mundo, mirando sin miedo directamente al sol, con absoluta voluntad para perderme en medio de su brillo y quizá así poder brillar yo también, aunque sea un instante antes de perder la vista, aunque sea un minuto antes de morir.

[Aquí se hizo una pausa. El color de tinta cambia en el siguiente párrafo. Se cree que fue escrito días después].

Perdido en medio de mis ideas, perdido en el tiempo, perdido en la nada, mientras las semillas de la vida y las semillas del cambio se iban plantando sin que pueda siquiera percatarme de ello, el cielo lloraba allá afuera: amargas gotas caían oscuras y lentas allá afuera. Perdido aún, en medio de mis ideas; perdido aún, frente a mi ventana; perdido aún, en medio del fuego, pensando en lo peligroso que resulta este pasatiempo tan irresistible, me atrevo a saltar: aquí frente a mi ventana, desde lo alto, me atrevo a dar un paseo celestial a través de todo este silencio: el fuego tarda en consumirlo todo, tarda pero llega el momento, sabía que había llegado el momento, era tiempo de matar el pasado, era tiempo de que el fuego lo consuma todo, era tiempo de volver, volver a la vida.

[Garabatos y frases escritas y tarjadas. Hasta el momento no es posible reconocer ninguna palabra].

Me atrevo a dar un paseo celestial a través de todo este silencio. Sabía que la espera había terminado. Sabía que la espera había comenzado. Mientras tanto, me atrevo a saltar, desde aquí, desde lo alto, desde mi ventana, frente a la gran ciudad, mirando sin miedo directamente al sol, que no se cansa de
La carta termina así, incompleta. Fue encontrada en el dormitorio, al lado de la ventana abierta. El cuerpo desapareció.


Descartable, reactable.

Los gritos se han ido dando con las ventanas cerradas y retumbaron en toda la casa. Al impactar con las ventanas los sonidos regresaban y creaban un eco infinito, hasta dejarlo aturdido y nublado. En medio de ese trance, sale de casa y corre hacia quien estaban dirigidos todos esos gritos. Al abrir la puerta los ecos se disipan, el sonido se evapora y la silueta de todo lo vivido se desintegra como por arte de magia. Magia o encantamiento, confortablemente adormecido, aletargado y entorpecido. Helio al aire, globo a tierra. Astrid, de tantos gritos, de tanto amor, mató a su conejo.

A la diestra de Dios Padre

He vuelto a ir navegando hasta el fin del mundo, hoy, en un barco de papel ofrecido de tus manos suaves muy suaves manos.

Quizá las montañas dibujadas en el horizonte, el pequeño capitán de la capucha amarilla y los recuerdos evocados a la espera de la diestra fueron necesarios para dejar que eso que se siente se haga sentir; y es que al decir no sé si es el mejor lugar se convirtió el lugar en el mejor, porque el hecho de saber aquello que no se entiende nos permitió dejar de soñar para comenzar a soñar.

Sábado, comprobé que el fin del mundo y la perfección sí tienen una relación.

Domingo, terminaré de asimilarlo.

Lunes, coincide mañana y tarde para hacernos coincidir.

Martes, más allá del fin del mundo, en la isla desconocida, en la ciudad que besa el cielo, y con éste de testigo; ahí y únicamente ahí, en medio de los astros, entenderé que los sueños pueden hacerse realidad sin dejar de ser perfectos. La realidad será el lugar y la perfección será tu presencia, tu presencia conmigo.

Aaaaaaméeeeeeeen.


Algo...

La verdad es que no sé por qué fui hasta el fin del mundo para verte.

La verdad es que ciertos eventos dejan de ser imaginados y llegan a concretarse, pero siguen siendo perfectos.

Quizá el fin del mundo y la perfección tengan alguna relación.

Quizá.

«Play»

Estoy en una ciudad ficticia, a más de 3200 metros sobre el nivel del mar, con la nariz tapada, con los labios rajados y muy emocionado por algo que estoy comenzando a descubrir. Que el paisaje es increíble, que el frío es inclemente, que el cielo es demasiado perfecto… Todo eso ya se sabe, y si no se sabe, hay que vivirlo y no leerlo en un blog. Lo que me ha inspirado esta vez es otra cosa y justamente por eso digo que la ciudad es ficticia. Claro que esto también hay que vivirlo, pero la emoción puede más… «En fin»; a lo que voy: este lugar, esta ciudad, parece estar encerrada por completo en una burbuja. Lo curioso es que yo ya había estado aquí antes y por mucho tiempo; de hecho, he nacido aquí y aquí he vivido mis dos primeras vidas. En ese entonces, todo esto que ahora se me hace tan fantástico ya estaba aquí en el aire; el detalle es que aún no tenía los «lentes amarillos» adecuados para poder ver lo que ahora veo.

Llegué aquí a las 8y30 de la noche del martes pasado. Todo siguió su ritmo normal: recoger el equipaje, abrazar a la familia, tomar un taxi y disfrutar pagar 2,50 por la carrera, comer algo y descansar, «por el viaje pues». Lo jodido vino al día siguiente.

Había dormido como nunca. Tenía la nariz helada y me parecía raro que aún no me hayan despertado para el desayuno de bienvenida acostumbrado. Luego de encontrar un reloj y ver la hora, recién pude percatarme de que todo continuaba oscuro. Eran las 5 de la mañana. Muchas veces he oído comentar que cuando uno duerme en una casa ajena siempre quiere aparentar ser madrugador; será que tenemos un reloj biológico automático bastante educado y muy considerado socialmente. Pero... ¡yo estaba en mi casa! Será la costumbre entonces, no sé, ya no tuve tiempo de pensar en eso, ya me había vuelto a dormir.

Como a las 11 de la mañana, salimos de casa. Mi ya señorita hermana estaba muy entusiasmada por hacerme conocer la zona moderna de la burbuja, o la invasión capitalista, como la llama Claudia Warhol. Personalmente, prefiero conocer aquello que aquí muchos quieren olvidar; será que tengo el síndrome del viajero, aburrido de buildings y más buildings (como si yo fuese turista, ¡atatau!). En fin, luego de más o menos una hora, ya estábamos en Real Plaza (hasta el nombre le sonaría invasivo a Claudia). Nos habremos dado unas 400 vueltas por los pasillos. Salimos dos horas después y recién fuera de la invasión pude encontrarme con algo digno de mencionar, y es que en realidad es toda una leyenda: ahí, a unos 10 metros de distancia, estaba el tren macho en todo su esplendor. Lo único que nos separaba era una gran reja llena de óxido. Realmente no nos encontramos, creo que él ni me vio, pero es bueno soñar de cuándo en cuándo. Era genial verlo tan destartalado como siempre, y más genial era verlo tan desafiante y grandioso al costado de los aburridos buildings y más buildings. El apelativo tan bien ganado resultaba no ser en vano: el tren macho es el único en su especie que «sale cuando quiere y llega cuando puede». Esta vez, también era el único capaz de enfrentar al sistema de esta forma tan sutil pero agresiva.

Hora de almorzar. Caminamos por todo el centro de la ciudad y ahí fue cuando se manifestó todo con más fuerza: luego de pasar por debajo de un puente, los rayos del sol cambiaron de dirección y pintaron todo de amarillo intenso. Fue como si varias delgadas cortinas blancas se abriesen una por una y revelaran todo un universo de espejismos, cada vez más amarillos y difusos, cada vez más etéreos y dementes. La gente se desvanecía, parecía que todos eran vapor, pero un vapor que se mantenía lo suficientemente unido como para reconocer su figura humana. También se podía reconocer los colores de sus rostros y de sus ropas. Todos flotaban. Estaban completamente cubiertos por un halo amarillo y sus voces se asemejaban a risas amables y eternas, todas tan melodiosas pero tan insanas a la vez... El piso había comenzado a derretirse como el chocolate en el calor, seguramente por eso era que la gente flotaba, para no embarrarse, o mejor dicho, enchocolatarse.

Definitivamente, algo no andaba bien aquí. No sé si fue el sol, o su calor, o quizá el olor del chocolate en toda la ciudad, pero algo hizo que comience a tener esa sensación tan extraña de estar en medio de un espejismo y casi ser parte de él. Era necesario acudir a alguien de confianza, que conozca y que a la vez ignore de mí lo suficiente como para esperar de ella la respuesta adecuada. «José, ¿te puedo decir algo? Deja de consumir esas cosas». Mila me hizo volver a pisar el chocolate, y es que con toda esa ola de calor, yo también había comenzado a flotar, pero eso debía detenerse. Quizá unos cuantos minutos más hubiesen sido suficientes para que termine fusionándome permanentemente a esa gran nube amarilla de vapor diferenciado. Necesitaba una de esas conversaciones que tanto echaba de menos, tan cargadas de emociones, tan tímidas, divertidas y delicadas al mismo tiempo, tan inexactas, tan provocadoras y sugerentemente confusas... Necesitaba saber que «la verdad es que todo es mentira». Mila tuvo que decirlo una vez más para terminar de entender que esta farsa, este mundo soñado, este universo en una burbuja, este cerebro en una cubeta, era realmente lo que era, y si su verdad era ser una completa mentira, era una verdad suficiente para mí, que soy parte de la farsa, y también lo era para todos los que flotan, y los que juegan, y las que temen, y los que sueñan, porque eso es lo que los mantiene aquí, nos mantiene aquí. Por todo eso fue el «Gracias».

Se trataba entonces de un gran juego. Así como en San Andreas, como en Mafia Wars, como en las noches de playa de Barranca, como en Lima misma, aquí en «Ciudad Ficción» todo era un juego: te dan las reglas y tú las cumples. Luego, siempre llega un punto en el que queremos algo más; entonces navegamos un poco y encontramos los trucos: vida infinita, todo tipo de armas, gente flotando, piso de chocolate. Todo es lo mismo y los trucos son los mismos, solo que de diferentes formas: a veces son un grupo de letras sin sentido, a veces un grupo de hojitas verdes, a veces unos lentes amarillos, a veces unas ganas infinitas de soñar despierto.

Aquí los cigarros duran media hora.

En mi reloj ya ha pasado casi un mes desde que estoy aquí, pero el tiempo aún no lo ha notado. Todo en este lugar es tan jodidamente lento, hasta esta endemoniada cabina.

Ah, cómo duele ser adicto

Está uno al borde del colapso pero aún así, las únicas fuerzas que quedan son para jalar la manguerita con los dientes y apretar la jeringa.

Vas a morir otra vez y ahora nadie te llevará al hospital... Sí, lo sé, pero sólo un poco más...

Todo está fuera de su sitio. Las cosas nunca han tenido un lugar propio aquí. Cómo diablos podría ordenarlas... En medio del caos se han gobernado solas durante toda una vida, o dos, o tres. Sí, tres vidas.

Aquello que siempre he odiado hoy me ha consumido. Veo mi rostro y lo veo a él: soy carne de su carne.

Y mis sueños de libertad se limitan a una típica burbuja, con disfraz de viaje o de copas o de juegos sexuales. Al igual que todos mis dientes, al igual que ella, regreso de esas travesías y me siento más vacío que antes.

Toda la vida es juego; y los juegos, juegos son. En San Andreas, en Lima, en Huancayo y en la China.

Mila tiene razón: la verdad es que todo es mentira.

Y las ilusiones... Isabelle es genial porque es una ilusión. Ahí debe quedarse. Debería; pero como siempre, Sebastian arruinará todo. Sebastian es tan «más humano que humano».

De qué sirven entonces todos estos cristales, si no son sólo para pintarnos colores inexistentes...

De qué sirven entonces todos estos espejos, si no son sólo para engañarnos y hacernos sentir que somos más que simples cerebros en una cubeta.

Juégatela, terc...

Isabelle y Sebastian

Aquella tarde, Sebastian comenzó a pensar que Isabelle ya lo sabía.

Él la había estado esperando. Ella tenía que pasar por ahí, y efectivamente, pasó. Se acercó a él y luego de un cruce de preguntas y respuestas cotidianas, ella lanzó un muy curioso: «¿pero por qué estás justo aquí?»; la excusa de Sebastian fue decir que adentro había demasiada gente. Al oír esto, Isabelle fue de inmediato a comprobarlo: se asomó por la ventana y luego volvió y dijo: «sí, hay gente, pero no tanto, en fin...».

Hablaban sobre música. Sebastian había recordado que alguna vez ella le habló de una muy buena canción. Isabelle lo recordó también, y de inmediato lanzó un muy curioso: «¿cómo es que te acuerdas?»; Sebastian respondió con una cita de ella misma: «como tú dices, si lo recuerdo, es porque es importante». Ella sonrió.

Teniendo como base estas preguntas curiosas, Sebastian cree que Isabelle ya se dio cuenta de todo.

Que alguien, por favor, le diga a Sebastian por este medio, si es que creen que Isabelle podría saberlo todo, teniendo como base esas preguntas curiosas.

Que alguien, por favor, ayude a Sebastian.

Contra aquellos que nunca escuchan

Pero ellos, ellos... Ellos nunca escuchan.

Asumen, siempre asumen cosas.

Interrumpen cuando alguien habla.

Gritan.

Son tan sentenciosos cuando hablan...

Se creen dueños de la verdad.

Aquellos que nunca escuchan...

No vale la pena hablarles siquiera.

Flickr



Esta es una descarada invitación al sitio de fotos que he creado hace poco en Flickr. Por el momento sólo tengo publicadas algunas fotos que he estado tomando para el curso de Fotografía Básica que llevo en la universidad... pero bueno, a ver si se animan y visitan el sitio.

- Sitio en Flickr
- Presentación de fotos del Parque de la Exposición

nuestras manos nunca van bailando igual

el esquema que surge de nuestras mentes _ nos libera
Por estosinstantes en los que las prisiones.van muy llenas
y yanoay nada masque decir que yanoay nadamas que decir

mis manos se defienden dellas missmas

hoy no tengo dinero. debo caminar. caminar. caminar,,,
Me revienta la vena de la frente debido ala sana envidia
no se vayan a robar tu convertible""
por aqui nunca! vienen convertíblés
y nunca se estacionan
porque nunca vienen( )
y si vienen
nunca se estacionan
porque desaparecen
y después _ya no vienen

ire a tu fiesta vestido de rockstar
y ba_ilaremos reguetón
mientras el salón va tomándole fotos
a los que van .van- tomándoSe la cebada
o la presión arterial
porque olvidaron su; úlcera

el efecto de las doncellas_aladas( )
sobre la comida sazonada;
puede molestar a las abuelitas;
y al final nunca llegan a encontrar
la sandalia adecuada -> VOID( )
y lechan la culpa al periódico
de su mala puntería
ya estoy vieja, dicen
dile a tu padre que mande a fumigar
dile a tu hijo que bote la basura
guarda la comidala congeladora
pero quítale las moOscas
y las doncellas aladas se van
bailando por la ventana
guarda la comidalacongeladora
pero quítale las mOoscas
y las doncellas aladas se van
bailando por la __.ventana
a la casa de la vecina evangelista

lo que usted necesita ,,señor gobernador
es un empleado que le compre las galletas
igual que la gordita diplomática
a ella le guusta follar
en los sillones de las embajadas
y le gusta que le compren/las galletas
para comerlasmientras trabaja
en su oficina _de miraflores
trabajasus novios italianos
para que le manden euros
y pueda comprarse
más galletas
y follarse.
más embajadores

La jaula

Luego de un largo viaje —al parecer, el último— al fin se abren las puertas, logro ver la luz del día y enseguida soy ubicado en medio de un campo enorme: el piso está cubierto por un material extraño y completamente nuevo para mí; intento dar algunos pasos temerosos y siento un agradable cosquilleo en las patas. Mientras sigo avanzando, me percato de que esta especie de alfombra color madera tiene algunos agujeros por donde se puede ver unas barritas grises y brillosas, que al pisarlas me hacen saltar de inmediato, pues están casi heladas y son muy dolorosas al contacto. «Pónle más aserrín», grita una voz lejana desde lo alto. De inmediato, veo cómo esos agujeros se van cubriendo con ese material, ese aserrín, como lo llama la voz lejana.

Avanzo un poco más y de pronto vuelvo a ver esas barritas grises, pero esta vez están formando algo así como una rampa. Enseguida recuerdo la sensación dolorosa que tuve al pisarlas y detengo el paso, pero al mismo tiempo veo que al terminar la rampa, en la parte de arriba, hay una bandeja larga y grande, de un color verde muy intenso que llama mucho mi atención. Quiero ver de cerca esa bandeja; quiero saber qué hay sobre ella, pero temo volver a pisar las barritas grises. Luego de dudar un buen rato, me animo a pisar ligeramente la primera barrita, el primer escalón. Vuelvo a sentir el mismo frío y el mismo dolor que hace un momento, pero enseguida estas sensaciones van desapareciendo. Entonces, me animo a avanzar entre los escalones y pisar el segundo, el tercero… Me sorprende cuán rápido he podido acostumbrarme a esa sensación y, así, llego al séptimo, el último escalón. «Ya no le duele el metal», se oye desde lo alto.

Tengo ahora, frente a mí, esa bandeja verde que tanto quería ver: desde cerca se ve como un jardín con adornos amarillos regados por el suelo, una casita blanca en una esquina y en la otra un plato pequeño y delicado, de cerámica, con cubitos de zanahoria y algunos granos y semillas sobre él. Me acerco al plato y sin pensarlo dos veces disfruto de los trozos de zanahoria. Mientras tanto, logro observar un tubo invertido de vidrio, con una especie de boquilla, que cuelga desde una de las paredes cercanas. Al acercarme y observarlo con mayor detenimiento, comprendo que es un bebedero en donde puedo saciar mi sed cada vez que lo desee.

Lo que llama mi atención de inmediato son ahora las paredes, pues veo que también están compuestas por el mismo «metal» de los escalones. Voy explorando todo el contorno de mi nuevo hogar y descubro que todas las paredes, e incluso el techo, están hechas de esas barritas grises. A través de ellas puedo ver figuras medio borrosas, grandes y lejanas, de todos los colores. También logro reconocer dos rostros, y en cada uno de ellos, un par de ojos grandes y negros que están todo el tiempo sobre mí, atentos a todos mis movimientos. «Nos está mirando», dice uno de los rostros, y los pares de ojos no se despegan de mí. Mi instinto me dice que debo ser cuidadoso con esos rostros pero, de alguna forma, me siento seguro detrás de estas barritas de metal, así que doy media vuelta y vuelvo a pasear sobre ese aserrín tan abrigador que tengo como alfombra.

De pronto, descubro algo increíble: una gran plataforma circular amarilla sostenida por un triángulo naranja se encuentra plantada en medio del lugar, similar a un monumento gigantezco, con un lugar vacío en el centro de su arquitectura, como si estuviese esperando a alguien, como si estuviese esperando por mí. Enseguida y casi por inercia, trepo sobre el triángulo naranja de la base y me ubico al centro de la gran plataforma circular. Apenas termino de acomodarme, siento que la plataforma comienza a oscilar como un péndulo y ese movimiento me resulta de lo más placentero. Intento explorar este monumento exótico pero, al hacerlo, éste se resiste, pues por algún extraño mecanismo, ninguno de los pasos que doy me permiten avanzar ni retroceder. Aumento mi velocidad y con ella aumento también la sensación inicial de placer, y al sentir que ya casi puedo avanzar, me entusiasmo de sobremanera y comienzo a correr, pero el extraño mecanismo vuelve a manifestarse, pues otra vez me niega el permiso para avanzar o retroceder, mientras que, a cambio, me ofrece altas dosis de placer y diversión, así que continúo corriendo sin preocuparme por avanzar.

Luego de un buen rato, me siento bastante cansado, así que decido salir de la «ruedita», como escuché que la llaman los rostros que están afuera, y voy por un poco de agua. Aprovecho para comer un poco más y, de pronto, siento que me invade el sueño. Me acerco a la casita blanca en la esquina del jardín y descubro, en el interior, algo parecido al algodón, que rodea todas las paredes de la casita. De inmediato tengo una gran sensación de seguridad, incluso mayor que la que experimentaba allá en el jardín, pues aquí los ojos grandes y negros de los rostros lejanos no podían alcanzarme.

Las luces se iban extinguiendo en los alrededores y, mientas tanto, el sueño se iba apoderando de mí. De esta manera, pude descansar durante aproximadamente tres horas, cuando de pronto, desperté de un salto y lo único que tenía en la cabeza era la idea de volver a jugar en la rueda. Corrí hacia ella, en el centro de mi nuevo hogar, y en pocos segundos, ya estaba haciéndola girar bajo mi desesperado correteo. «Los hámsters juegan toda la noche», fue lo último que escuché desde allá afuera. En realidad, fue lo último que me importó escuchar, antes de seguir corriendo hacia ningún lugar y permitirme experimentar otra vez esa sensación de felicidad absoluta e indescriptible.

Infsamnia 3

A veces mi tan rezada tolerancia se me desvanece.
Será que a veces uno debe expulsar todo eso que lleva guardado, para evitar sobrecargas.
Dejé pasar demasiado tiempo. La sobrecarga era inminente. La descarga generó un arco de alto voltaje que incineró todo lo que encontró a su paso, sobretodo al final.

Desde que llegaste has puesto la mirada sobre ella. Me sorprendió que pidas que esta vez no apague la luz. Luego pude entender que querías verla mientras arañabas mi espalda. Creí que no dirías nada, pero al final, luego de recuperar el aliento, por fin te animaste a mencionarlo: «Se ve demasiado real, es perfecta». Logré hacerte creer que tuve una vida pasada como escultor y que aquella pieza era la única que conservaba de esa vida. «Se llama La divina del silencio», te dije. Me creíste. Traté de imaginar lo que estaría pasando por su cabeza en esos momentos: ¿habrá notado que la observabas todo el tiempo? ¿Y si se le ocurría volver a hablar? Morirías de un infarto. Pensé en tu muerte y llegué a la conclusión de que por primera vez en mucho tiempo no quiero que eso suceda. Será que tu parquedad me hace muy feliz. También será por tu desinterés. También por tu piel canela. «Chica canela, canela; chica canela, delgada».

Son las diez de la mañana. Te levantas y vas por un café bien cargado y un cigarrillo. Eliges al azar uno de tus discos rotulados como «cortavenas» y activas el modo aleatorio después de colocarlo. Inicias tu día de acuerdo a la primera canción que te haga suspirar. «Living is easy with eyes closed, misunderstanding all you see; it's getting hard to be someone but it all works out, it doesn't matter much to me». Quizá sea mejor que nunca sepa tu nombre. Quizá sea mejor que jamás te deje ir de mi lado. En verdad no podría saber cómo salir de ese dilema así que decido no hacer nada. Terminas de soñar con los campos eternos de frambuesa y me dejas uno de esos besos dulces e infinitos luego de un «hasta pronto». Veo desde mi ventana cómo te alejas, cómo te vas desvaneciendo a cada paso, entre la niebla matutina, y así como tú y tu silueta, también se va desvaneciendo mi cariño hacia ti, que cuando estabas a mi lado te amaba tanto, que cuando te despediste te quise retener, que cuando cruzaste la puerta ya te extrañaba, que cuando bajaste el único escalón apenas podía recordar tu rostro, que cuando caminaste por el jardín sólo me quedaba un recuerdo de tu aroma, que ahora que volteaste a la esquina he vuelto a olvidarme de ti.

Te convertiste en lo que siempre serás desde ahora que ya no te recuerdo porque cada vez que vuelvas a mí lo harás como una silueta o como una sombra entre la niebla. Yo voy viviendo varias vidas medio desvanecido entre los mismos corredores añejos, igual de volátil ante el aire, ante el sol y ante la luna. Nuestros encuentros serán siempre clandestinos y todos tan caóticos como nuestra misma naturaleza. Somos niebla y sombra entremezclándose, nos volvemos un ente inexplicable que cada vez que nos dejamos abrazar por la noche nos dispersamos por todo el universo, podemos estar en cada rincón de él y en ninguno a la vez. Ya no estamos, ya no somos, existimos de alguna extraña manera pero sin identidad, y después de dejar nuestro rastro en cada una de las esferas celestes, nos contraemos, absorbemos todo de vuelta, como un agujero negro, y condensamos toda la energía disipada en dos intentos de existencia paralela que se dicen «hasta pronto» y se olvidan hasta la próxima luna llena.

Entradas relacionadas: Infsamnia 1, Infsamnia 2


Moebius


...siento que pienso que siento que pienso que...


Hay días en los que estoy del todo ocupado. Actualmente, mi principal actividad es la de estudiante universitario. Delimitando mi existencia de ese modo, mis días ocupados son esos en los que tengo clases casi todo el día. Apenas hay tiempo para dar los últimos toques a un par de trabajos, comer algo, ir al baño y viajar en micro, nada más.

Hay días en los que tengo un poco de tiempo libre para vivir. Entonces puedo pensar. Trato de pensar siempre. Si no lo hago, siento que dejo de existir. Será que Descartes me tatuó su frase célebre en el cerebro para no dejarla de lado jamás.

Me gusta pensar, pero no siempre pienso sobre lo mismo.

Hay días en los que pienso sobre soñar y me gusta soñar.

Hay días en los que quiero cambiar el mundo y matar al monstruo.

Hay días en los que no quiero cambiar nada ni matar a nadie.

Hay días en los que pienso sobre mi futuro, siempre tan incierto. Estos días son muy escasos porque ya me he estado dando cuenta que nunca llego a nada.

Hay días en los que pienso sobre mi pasado, siempre tan nostálgico. Estos días aún abundan y los detesto porque siento que son ataduras.

Hay días en los que pienso en mis instintos. Pienso que el hombre de hoy sigue siendo un animal, entonces me comporto como tal y eso... está bien.

Hay días en los que pienso en los ángeles. Siento que el amor está en el aire. Siento que los colores son más vivos. Pienso que me engaño a voluntad propia y eso... está bien.

Hay días en los que pienso en morir. A veces me gusta estar triste, entonces escucho música melancólica y trato de sentir cosas que no he sentido antes. A veces aparecen revelaciones misteriosas y entonces comprendo la vida un poquito mejor. Por otro lado, a veces estoy triste sin quererlo (detesto esos días). Entonces, escucho metal o veo alguna comedia y todo se arregla.

Hay días en los que pienso en metafísica. Estos días no son tan escasos pero trato de que así sean, porque siento que tampoco llego a nada.

Hay días en los que pienso en mi presente. Veo mis manos, me veo al espejo, siento que me conozco y ya no me conozco luego de dos segundos, porque cada vez soy distinto. Siento que soy un camaleón, pienso que no hay días sino épocas, y que soy diferente en cada época. Siento que he vivido varias vidas y que muero cada vez que me canso de vivir una de ellas. Siento que necesito nacer cada cierto tiempo para volver a descubrir el mundo o quizá reinventarlo una y otra vez. En todo este proceso siento que los lugares conocidos se me hacen extraños, siento que camino por un lugar en el que ya he estado antes pero no logro reconocerlo, siento que mis amigos ya no son mis amigos y siento que a mis nuevos amigos ya los he conocido antes en alguna otra vida, siento que conozco a todos ellos y que igualmente no los conozco y que luego de esta época no los volveré a ver bajo ese cuerpo, pero nos volveremos a encontrar sin reconocernos y nos volveremos a conocer, así como siento que he vuelto a conocer a Diana, aquella a quien tanto quise alguna vez, y siento que ella también me ha reconocido quizá inconscientemente, y ahora que ha vuelto a quererme le cuesta tanto aceptarlo porque ahora tiene una vida propia, pero yo también tengo una nueva vida propia en esta época y también me cuesta aceptar que me he vuelto a enamorar de la misma persona en un cuerpo distinto, siento que debo morir otra vez y volverla a conocer sin que ella lo sepa, sin que yo lo sepa; quizá ahí, al tercer intento, podamos vivir juntos y ya no habrá ni un viaje que nos separe, ni un antiguo amor que nos distancie. Pienso en todo esto y siento que luego de dos segundos ya no me importa, porque Diana ya se esfumó, porque ya se posó sobre algún otro ángel y entonces siento que quiero a ese nuevo ángel. Mientras pienso en mi presente, todo él se convierte en pasado y entonces se vuelve todo tan nostálgico, más que el pasado anterior, porque este nuevo pasado se me ha esfumado sin siquiera poder vivirlo, entonces se me hace cada vez más odioso y lo detesto más porque sigo pensando que es una atadura. Entonces pienso que debo de liberarme de las ataduras y debo comenzar a caminar otra vez, por enésima vez, porque no quiero llegar tarde. Entonces pienso que mejor ya no voy a pensar y quizá Descartes aparezca frente a mí en un nuevo cuerpo y me diga que si ya no pienso luego ya no existo y entonces dejaré de existir para que todo lo que ya he creado, todo lo que ya he vivido, todo lo que ya he escrito aquí, deje de existir también, o quizá muera conmigo. Entonces y sólo entonces, podré existir otra vez.

Esta vez sí podemos

El amor cuando quiere matarnos en vida, llega sin avisar. No pretendo definir el amor; no pretendo decir que sé cómo es, cómo se viste ni cómo se peina. Cuando me preguntan qué es, doy un honesto «no sé». Es que, en verdad, creo que no es posible describirlo; al menos, no con palabras. Quizá con ejemplos podría acercarme a conocerlo, pero serían unas cuantas pinceladas en ese lienzo infinito del que ya no quiero referirme, porque ¿para qué pintar algo que quiere matarnos en vida? No tendría sentido dar ejemplos. Tampoco sería suficiente representarlo mediante imágenes; de ser así, tendría que desarrollar todo un tratado semiótico, y mi biblia del entendimiento personal sobre lo semiótico todavía tiene muchas páginas en blanco.

Me presento aquí, entonces, completamente desvalido: sin definiciones, sin ejemplos, sin imágenes... pero sí con muchas, demasiadas, contradicciones; porque es lo más preciso para este tema tan contradictorio. Entonces, como primera contradicción (y es la única que voy a enumerar), quiero dar un ejemplo de lo que es el amor cuando quiere matarnos en vida.

Como siempre, llegó sin avisar. Si hubiese avisado, ahora contaría con una genial imagen para ilustrar un poco más esta historia; pero no avisó, por eso la imagen resultaría muy poco ilustrativa, muy poco clara, osea bastante oscura.

Llegó también en un muy mal momento para ambos implicados (esa es otra de sus características perversas y habituales), y aunque las complicaciones sean del todo diferentes, son complicaciones al fin y al cabo y hay que tenerlas en cuenta.

En este punto de la historia, el ejemplo ya perdió su razón de ser, así que ya no viene al caso mencionarlo. Sería absurdo seguir comentándolo: cuando el ejemplo pierde su razón de ser, se transforma en chisme.

En este punto de la historia, es preciso comenzar a contarla (contarla, la historia).

Es como (este también es un ejemplo y otra contradicción, pero ya no está enumerado [el ejemplo {ni la contradicción (no está enumerada)}]) si cayese un meteorito sobre el planeta de la relativa estabilidad emocional que tiene cada uno en el universo del alma humana. Todo, incluso el tiempo, se hace incongruente e impredecible. Uno comienza a vivir y a morir cada quince minutos: naces y mueres y vuelves a morir y luego naces tres veces y así hasta que dices: «Ya, que el tiempo lo diga todo» y luego te mueres. Después te mueres otra vez.

Llevo siete días tratando de encontrar una solución al problema que no he mencionado aquí (pese a ser lo más importante para un mejor entendimiento [por parte de ustedes —el detalle es que no quiero que tengan un mejor entendimiento de esto; con lo que les digo, basta—]) y puedo decir que ya he pensado en todo. He tratado de devolver el fruto prohibido al lugar en el que estaba, he tratado de borrar mis huellas, disimular la mordida que le di aquella noche, quitarme el sabor de la boca... pero todo ha sido en vano. No he podido hacer nada de eso; aunque, sinceramente, creo que no he querido. ¡Cómo querer quitarme ese sabor de la boca! ¡Habría que estar loco!

Pero la conciencia no ha dejado de torturarme. Es cierto que he estado buscando soluciones, pero cada una resultaba ser una nueva complicación, lo que implicaba otras mil muertes sucesivas.

Pensar, pensar, pensar.

«Yo no reniego de lo que me toca, yo no me arrepiento, pues no tengo culpa», cuánta razón le he dado a esos versos y se la sigo dando, pero cuán poco me ayudan ahora. Sigo inventando soluciones y sigo creando conflictos externos e internos. «¿Cuántas veces debemos morir?, ¿cuántas veces más debemos resistir?». Pensar. Tiempo. Solución entonces conflicto entonces morir y esto ya parece un melodrama.

Mencioné que era un mal momento. Las complicaciones se volvieron a manifestar y esta vez con más fuerza y varias al mismo tiempo. El entorno ya era insoportable.

«Me voy de aquí».

Aislado, nublado, bastante perturbado y completamente desanimado, busqué una última solución al problema ese del océano en el vaso. Porque creo que en realidad sabemos que es un vaso, pero sólo lo sabemos cuando estamos afuera. Desde adentro, es un océano, y nada ni nadie podrá hacernos pensar otra cosa mientras estemos adentro.

Ahí entonces, sobre una banca vieja, me quedé buscando formas en la arena, tratando de relacionar el camino de las hormigas con lo que me pasa, buscando «la respuesta» en las cosas nimias. Estuve un tiempo, unas horas, unas cuantas vidas más; así, en el ático, en las sombras; así, hasta apagar el último cigarro y soltar mi última frase.

«No puedo».

Apenas dije lo que dije, el entorno adquirió un brillo propio. Ahora veía la respuesta en todas partes. Sí, «la» respuesta. Ahora los granos infinitos de arena y las filas interminables de hormigas me decían exactamente lo mismo. Lo que estuve viendo ahí eran mis pensamientos, regados por todos lados; mis pensamientos caminando uno tras otro, llevando cada uno un pedazo de coherencia, quién sabe para qué.

No dejó de sorprenderme lo que acababa de pasar. Tuve que darme por vencido, tuve que resignarme, tuve que dejar morir el orgullo, para que el universo y toda su grandeza puedan revelarme lo que estaba buscando.

La respuesta era, precisamente, que no hay respuesta. No hay forma en la arena: hay mil formas y a la vez ninguna. No hay final en la fila de hormigas: inicia en donde termina, inicia con cada hormiga.

Aunque esto parezca ilógico, es completamente coherente, ya que hablamos de contradicciones.

Cuando se trata del amor cuando quiere matarnos en vida, lo mejor es no pensar, porque mientras uno más piense, más se aleja de lo que busca. Las respuestas ansiadas, las honestas, las que andamos buscando, en realidad vienen solas, cuando realmente deban venir.

Y lo mejor de todo esto es que no hubiera llegado a esa conclusión (de que lo mejor es no pensar) si no hubiese pensado tanto en ello.

«Esta vez sí podemos»

Sólo algo se me antoja tan ruin y perverso como lo es el amor cuando quiere matarnos en vida. Sólo algo se me antoja tan ruin y perverso. Ese algo es el fútbol. Razón tienen en decir que el fútbol es una pasión; pero ésta, por sobre las demás pasiones, se apodera de la masa de una forma casi absoluta y les destroza algo minúsculo pero increiblemente grandioso: el potencial de fe. Porque el potencial de fe es como una pequeña llama encendida en lo más interno de nuestro ser y muchas veces está como muerta, al borde de la extinción, aunque nunca llega a extinguirse por completo. Basta un estímulo en la dirección adecuada para que la llama se propague e ilumine toda nuestra existencia sin discriminar nada de lo que encuentre a su paso. Al encontrarnos así, en llamas, podemos volvernos infinítamente fuertes y hacernos eternos, o podemos quemarnos por equivocarnos de chispa, como pasa con el fútbol y con el amor cuando quiere matarnos en vida.

Nada me parece más absurdo que volver a creer ciegamente en aquello que ya nos ilusionó antes y que luego nos pisoteó hasta la burla, una y otra vez. Y es que de eso se trata una pasión: el amor cuando quiere matarnos en vida es igual al fútbol; por eso hay quienes dicen que cuando uno se enamora está perdido. «Esta vez sí podemos». El hombre, cuando quiere, puede ser más testarudo y más animal que el animal mismo. La masa piensa que las nuevas contrataciones harán posible el tan ansiado cambio: el nuevo delantero, el nuevo plantel, el nuevo técnico, la nueva mierda que reemplaza a la mierda. Al igual que con el amor cuando quiere matarnos en vida, el problema no basta con cambiar de persona. Así también, hay de los que creen que se enamoran siempre. Hay de los que dicen que no tienen suerte en el amor y que siempre terminan hundidos. «Esta vez sí podemos». Una y otra vez y todo sigue igual.

Nada sería más acertado que calmar los ánimos y ver y analizar lo evidente. Si la pasión, si el fútbol, si el amor cuando quiere matarnos en vida, si aquellos dioses malignos empeñan toda su industria para engañarnos siempre, es necesario suspender nuestro juicio. Destruir el sistema que tanto nos engaña es lo más racional. Destruirlo y volverlo a construir desde las bases, entendiendo cada uno de sus pasos y ubicando cada uno de los ladrillos en el lugar y momento adecuados. Esto quizá nos lleve a límites similares a los del propio sistema cartesiano. Al menos nuestro nuevo sistema tendrá una base mucho mejor sustentada que la base de las pasiones. Esta en las manos de cada uno el engendrar un sistema nuevo y completamente racional para que el amor cuando quiere matarnos en vida deje de matarnos en vida. El fútbol, en cambio, escapa de nuestras manos. Para nuestra suerte, hay vacunas que nos hacen invulnerables a ese tipo de estímulos. Estas vacunas vienen en formas distintas: en forma de hostia, de pentagrama, de grabado, de bodegón, de papel tras papel enumerado, empastados o engrapados; en forma de botella, de certificado; en forma de universidad, en forma de juguete, de papá y mamá, de amigo leal, de mascota; vienen en forma de espejo, vienen en forma de vida propia. De ese modo, El Creador se asegura de que nuestra pequeña llama encendida en lo más interno de nuestro ser no se apague nunca.