Estoy en una ciudad ficticia, a más de 3200 metros sobre el nivel del mar, con la nariz tapada, con los labios rajados y muy emocionado por algo que estoy comenzando a descubrir. Que el paisaje es increíble, que el frío es inclemente, que el cielo es demasiado perfecto… Todo eso ya se sabe, y si no se sabe, hay que vivirlo y no leerlo en un blog. Lo que me ha inspirado esta vez es otra cosa y justamente por eso digo que la ciudad es ficticia. Claro que esto también hay que vivirlo, pero la emoción puede más… «En fin»; a lo que voy: este lugar, esta ciudad, parece estar encerrada por completo en una burbuja. Lo curioso es que yo ya había estado aquí antes y por mucho tiempo; de hecho, he nacido aquí y aquí he vivido mis dos primeras vidas. En ese entonces, todo esto que ahora se me hace tan fantástico ya estaba aquí en el aire; el detalle es que aún no tenía los «lentes amarillos» adecuados para poder ver lo que ahora veo.
Llegué aquí a las 8y30 de la noche del martes pasado. Todo siguió su ritmo normal: recoger el equipaje, abrazar a la familia, tomar un taxi y disfrutar pagar 2,50 por la carrera, comer algo y descansar, «por el viaje pues». Lo jodido vino al día siguiente.
Había dormido como nunca. Tenía la nariz helada y me parecía raro que aún no me hayan despertado para el desayuno de bienvenida acostumbrado. Luego de encontrar un reloj y ver la hora, recién pude percatarme de que todo continuaba oscuro. Eran las 5 de la mañana. Muchas veces he oído comentar que cuando uno duerme en una casa ajena siempre quiere aparentar ser madrugador; será que tenemos un reloj biológico automático bastante educado y muy considerado socialmente. Pero... ¡yo estaba en mi casa! Será la costumbre entonces, no sé, ya no tuve tiempo de pensar en eso, ya me había vuelto a dormir.
Como a las 11 de la mañana, salimos de casa. Mi ya señorita hermana estaba muy entusiasmada por hacerme conocer la zona moderna de la burbuja, o la invasión capitalista, como la llama Claudia Warhol. Personalmente, prefiero conocer aquello que aquí muchos quieren olvidar; será que tengo el síndrome del viajero, aburrido de buildings y más buildings (como si yo fuese turista, ¡atatau!). En fin, luego de más o menos una hora, ya estábamos en Real Plaza (hasta el nombre le sonaría invasivo a Claudia). Nos habremos dado unas 400 vueltas por los pasillos. Salimos dos horas después y recién fuera de la invasión pude encontrarme con algo digno de mencionar, y es que en realidad es toda una leyenda: ahí, a unos 10 metros de distancia, estaba el tren macho en todo su esplendor. Lo único que nos separaba era una gran reja llena de óxido. Realmente no nos encontramos, creo que él ni me vio, pero es bueno soñar de cuándo en cuándo. Era genial verlo tan destartalado como siempre, y más genial era verlo tan desafiante y grandioso al costado de los aburridos buildings y más buildings. El apelativo tan bien ganado resultaba no ser en vano: el tren macho es el único en su especie que «sale cuando quiere y llega cuando puede». Esta vez, también era el único capaz de enfrentar al sistema de esta forma tan sutil pero agresiva.
Hora de almorzar. Caminamos por todo el centro de la ciudad y ahí fue cuando se manifestó todo con más fuerza: luego de pasar por debajo de un puente, los rayos del sol cambiaron de dirección y pintaron todo de amarillo intenso. Fue como si varias delgadas cortinas blancas se abriesen una por una y revelaran todo un universo de espejismos, cada vez más amarillos y difusos, cada vez más etéreos y dementes. La gente se desvanecía, parecía que todos eran vapor, pero un vapor que se mantenía lo suficientemente unido como para reconocer su figura humana. También se podía reconocer los colores de sus rostros y de sus ropas. Todos flotaban. Estaban completamente cubiertos por un halo amarillo y sus voces se asemejaban a risas amables y eternas, todas tan melodiosas pero tan insanas a la vez... El piso había comenzado a derretirse como el chocolate en el calor, seguramente por eso era que la gente flotaba, para no embarrarse, o mejor dicho, enchocolatarse.
Definitivamente, algo no andaba bien aquí. No sé si fue el sol, o su calor, o quizá el olor del chocolate en toda la ciudad, pero algo hizo que comience a tener esa sensación tan extraña de estar en medio de un espejismo y casi ser parte de él. Era necesario acudir a alguien de confianza, que conozca y que a la vez ignore de mí lo suficiente como para esperar de ella la respuesta adecuada. «José, ¿te puedo decir algo? Deja de consumir esas cosas». Mila me hizo volver a pisar el chocolate, y es que con toda esa ola de calor, yo también había comenzado a flotar, pero eso debía detenerse. Quizá unos cuantos minutos más hubiesen sido suficientes para que termine fusionándome permanentemente a esa gran nube amarilla de vapor diferenciado. Necesitaba una de esas conversaciones que tanto echaba de menos, tan cargadas de emociones, tan tímidas, divertidas y delicadas al mismo tiempo, tan inexactas, tan provocadoras y sugerentemente confusas... Necesitaba saber que «la verdad es que todo es mentira». Mila tuvo que decirlo una vez más para terminar de entender que esta farsa, este mundo soñado, este universo en una burbuja, este cerebro en una cubeta, era realmente lo que era, y si su verdad era ser una completa mentira, era una verdad suficiente para mí, que soy parte de la farsa, y también lo era para todos los que flotan, y los que juegan, y las que temen, y los que sueñan, porque eso es lo que los mantiene aquí, nos mantiene aquí. Por todo eso fue el «Gracias».
Se trataba entonces de un gran juego. Así como en San Andreas, como en Mafia Wars, como en las noches de playa de Barranca, como en Lima misma, aquí en «Ciudad Ficción» todo era un juego: te dan las reglas y tú las cumples. Luego, siempre llega un punto en el que queremos algo más; entonces navegamos un poco y encontramos los trucos: vida infinita, todo tipo de armas, gente flotando, piso de chocolate. Todo es lo mismo y los trucos son los mismos, solo que de diferentes formas: a veces son un grupo de letras sin sentido, a veces un grupo de hojitas verdes, a veces unos lentes amarillos, a veces unas ganas infinitas de soñar despierto.
Aquí los cigarros duran media hora.
En mi reloj ya ha pasado casi un mes desde que estoy aquí, pero el tiempo aún no lo ha notado. Todo en este lugar es tan jodidamente lento, hasta esta endemoniada cabina.



9 de agosto de 2009 a las 20:51
Deberìa de comentar...Al menos cumpliste tu palabra
Ahora entiendo el gracias...
12 de agosto de 2009 a las 16:43
Y caray, El tren Macho sí que es macho.