1, 2, 3... 1, 2, 3... 1, 2, 3... 1, 2, 3... 1, 2, 3.
Todos estamos aquí, de alguna forma, buscando atención,
¿Qué se supone que debo hacer ahora con todo esto?
Vuelvo a ver escritos tu nombre y el mío, uno al lado del otro.
o quizá deba preguntarlo... ¿estamos buscando atención?
Definitivamente, no me lo esperaba:
Noche extraña. Hace tanto que no pasaba...
Tiene sentido: queremos ser los protagonistas de nuestras propias vidas
la vida juega de formas tan misteriosas y despiadadas a veces...
pero el tiempo hizo que ahora sea distinto:
Qué hacer cuando tu vida la viven otros...
¿Qué nos queda cuando nos pasa por encima?
el frío se siente hasta los huesos pero ya no duele.
Debería escribirlo, o abandonar esto y actuar, o quizá no, quién sabe.
Era del todo necesario escribir esto
Es tan innecesario, tan fuera de lugar escribir esto...
Ojotes, a varios metros de distancia pero siempre ojotes, que después de mucho tiempo se aparecen detrás del muro y al final de la bajada, bajada que en aquellos tiempos siempre era subida.
Ojotes, a varios metros de distancia, como volver a zambullirse en ese mar enorme y profundo, siempre profundo, y perderse navegando, algo dopado, con brisa marina, con sol que abriga y no quema, con olas que aletargan el compás de los latidos y los hacen cada vez más calmos, cada vez más quietos, pero siempre latidos.
Ojotes, con el rostro hacia el sol y perdido en tus ojotes, en el mar, feliz por ver tus ojotes.
Ojotes que hacen que los días y las noches sean inmortales.
Ojotes por los que el cielo estuvo sonriente esta noche.
(E)n qué momento se juntaron
la tierra y nuestras raíces,
la luna y nuestras miradas,
en sus vacíos, acompañadas.
(S)u inmensidad te asusta
por más que lo azul se pinte de negro
por falta de luminosidad
o de tres mil dólares.
(E)sta noche me voy a esconder
debajo de la quinta almohada
supongo que mañana dormirán
los que con su fiesta
me provocaron el dolor de cabeza
pero en silencio.
Existimos. Eso es un hecho. A veces pensamos para luego existir, tal como lo demandaba Descartes. A veces existimos sin siquiera pensar, tal como lo demandan los dioses contemporáneos. Sea como sea nuestra realidad existencial, lo concreto es que estamos aquí, en este mismo mundo que amamos por momentos y odiamos por otros.
Pasamos años de años a merced de nuestros mentores: sea Dios, sean nuestros padres, sean nuestros dibujos animados favoritos. Cuando niños, cualquier figura es buena para servirnos de inspiración y de motivación para "seguir un camino". Incluso los dibujos que nos obligan a hacer en los primeros años de colegio tienen todos ellos rasgos caricaturescos. Nos aislamos de la realidad, encantados inconscientemente por cierta manera tan lúdica de presentar las cosas que nos rodean: el mundo es una caricatura.
Luego, crecemos sin darnos cuenta y seguimos pensando que los árboles son una bola.
La vida nos ha golpeado, una y mil veces, pero no nos hemos dado cuenta de ello. Miles de traumas se nos han instalado en la cabeza, como por arte de magia, pero nosotros seguimos con nuestra vida, completamente despreocupados por aquello que nos hará incompletos por mucho tiempo, y a veces hasta por toda la vida. Las costumbres, los entornos, las vivencias, nos forman de una manera tal que no podemos ni siquiera darnos cuenta de las tonterías que a veces se nos mete por las venas. Somos lo que somos y nos sentimos felices y orgullosos de eso.
La vida nos sigue golpeando, pero esta vez, abajo, en las pelotas. Llega el momento en el que nos toca cuestionarnos. ¿Quiénes somos verdaderamente? ¿Hacia dónde vamos? ¿Qué es lo que queremos? Las encuestas dicen que Magaly Medina es el personaje más detestable de la televisión local. Las encuestas también dicen que Magaly TV es el programa con mayor sintonía de la televisión local. ¿Qué es lo que pasa en la cabeza de la gente? ¿Acaso nos dejamos encantar por aquello que sabemos que nos hace daño?
Somos complicados. Nuestra naturaleza humana nos hace racionales pero al mismo tiempo irracionales. Amamos lo que nos hace daño. Nos aferramos ciegamente a todo eso que nos duele. De alguna forma debemos mantener viva la llama de la emoción en nuestras vidas. Hay quienes conocen el paraíso y se aburren de su perfección, hasta el punto de escaparse de cuando en cuando para dar un paseo por los jardines calurosos del infierno.
Somos humanos. Somos inestables. Eso nos hace diferentes del resto de especies. Nuestra humanidad nos hace racionales. Nuestra racionalidad nos hace libres. Nuestra libertad nos hace incoherentes. Nuestra incoherencia nos hace prisioneros. Nuestras prisiones nos hacen humanos. Siddhartha vivió en carne propia los mayores sufrimientos del ser humano, pero pese a ello, no pudo evitar que su hijo los vuelva a vivir por su cuenta, pese a que lo amaba con toda su alma. El amor de Siddhartha hacia su hijo fue justamente lo que hizo que su hijo se aleje de él. Su hijo debía vivir su propia vida, debía equivocarse por su propia cuenta, debía sufrir. Únicamente así, entendería la grandiosidad de la vida.
Cuesta mucho entender que el amor es libertad. A veces se ama tanto a alguien que no queremos que esta persona sufra lo mismo que nosotros sufrimos en su momento. Y por amarlos tanto es que nos llegan a odiar.
Cuesta, pero lo entendemos. El amor es libertad.
Sufre lo que debas sufrir. Recibe los golpes que la vida te ha destinado.
Madura. Crece. Aprende a vivir.
Tal vez luego de eso podamos hablar sin máscaras, pero esta vez de verdad.
El Test de Turing es una prueba propuesta por Alan Turing para demostrar la existencia de inteligencia en una máquina. La prueba consiste en un desafío. Se supone un juez situado en una habitación, y una máquina y un ser humano en otras habitaciones separadas. El juez se comunica con la máquina y con el ser humano mediante textos a través de un computador y debe descubrir cuál es el ser humano y cuál es la máquina, estándoles a los dos permitido mentir al contestar por escrito las preguntas que el juez les hiciera. La tesis de Turing es que si ambos jugadores eran suficientemente hábiles, el juez no podría distinguir quién era el ser humano y quién la máquina. Todavía ninguna máquina puede pasar este examen en una experiencia con método científico. (Fuente: Wikipedia)
El Test de Turing (o Prueba de Turing) es una prueba propuesta por Alan Turing para demostrar la existencia de inteligencia en una máquina. Fue expuesto en 1950 en un artículo (Computing machinery and intelligence) para la revista Mind, y sigue siendo uno de los mejores métodos para los defensores de la Inteligencia Artificial. Se fundamenta en la hipótesis positivista de que, si una máquina se comporta en todos los aspectos como inteligente, entonces debe ser inteligente.
La prueba consiste en un desafío. Se supone un juez situado en una habitación, y una máquina y un ser humano en otras. El juez debe descubrir cuál es el ser humano y cuál es la máquina, estándoles a los dos permitido mentir al contestar por escrito las preguntas que el juez les hiciera. La tesis de Turing es que si ambos jugadores eran suficientemente hábiles, el juez no podría distinguir quién era el ser humano y quién la máquina. Todavía ninguna máquina puede pasar este examen en una experiencia con método científico.
Una esquina forrada con láminas de metal, una voz escandalosa que anuncia la «grandiosidad» del espectáculo, seis vigilantes que controlan el pago de dos soles para ingresar al lugar. A unos cuantos metros de distancia, Fabiana acaba de desnudarse y avanza a gatas en un escenario frente a cerca de cincuenta machos angustiados, que la observan casi hipnotizados en medio de ese trance morboso y pestilente que ofrece el Disco Club Las Palmeras, todas las noches en la cuadra seis de la avenida La Colmena.
Lugares como el mencionado son los que abundan en el Cercado de Lima y son conocidos como «a sol la barra». El pago único de ingreso permite a los desconsolados devotos satisfacer al menos visualmente sus más recónditos y seguramente frustrados deseos sexuales. En el interior, el ambiente está como envuelto por una niebla de podredumbre en donde se distingue un fuerte olor a orina mezclada con licor, perfume barato y sudor de axila, pero el público parece inmune o más bien motivado por esa particular atmósfera.
Que comience el espectáculo
«Démosle la bienvenida a Talía», el vocero anuncia a la siguiente bailarina. El mecanismo es simple: cada cierto tiempo, mujeres voluptuosas y de corta edad suben a un escenario rodeado de espejos para desnudarse en público. Talía se acerca a los espectadores, se sienta sobre uno de ellos y comienza a frotarse contra las entusiasmadas partes íntimas de éste. Al levantarse, el «afortunado» sonríe lujuriosamente, mete la mano al bolsillo y trata de disimular la erección producida por el estímulo.
«¡Talía, ven para acá!», gritan desde las últimas filas. Ella accede. Parece no discriminar a nadie: ni al gordito de camisa azul eléctrico con flores blancas, ni al anciano de lentes y sombrero, ni al muchacho quinceañero que cubre su rostro con paranoia. Lo cierto es que Talía se refugia en los espejos, pues es lo único que observa mientras golpea sus nalgas contra las ingles de los clientes de la «zona de pajeros», como grita sin parar el vocero del lugar. Talía no sonríe, Talía sólo se observa a sí misma.
Dónde está el negocio
El portavoz menciona que habrá un receso. Automáticamente, toda la «zona de pajeros» es desalojada a pedido del personal de seguridad. Aquél que intentó disimular su erección no se pudo contener y fue en busca de Talía. Al encontrarla, paga treinta Soles a uno de los mozos del local, éste le entrega un vale a Talía y los conduce al segundo piso, por unas escaleras temblorosas con un cartel de «zona vip». Mientras tanto, nuevos voyeristas han llenado las butacas y una película porno comienza a ser proyectada.
Luego del receso, el portavoz da la bienvenida a Tatiana. Se posterga la proyección de la película y la bailarina hace lo que sabe hacer. El juego de luces y la música estruendosa complementan el espectáculo. Las volutas de humo revelan cientos de huellas dactilares en los espejos, muchos de ellos rotos, tal como seguramente también lo están los sueños de muchas de estas chicas. Quizá por eso se refugien en ellos al bailar, quizá su imagen quebrada les recuerde aquello que jamás mencionan, total, el show debe continuar.
Siempre he pensado que un mango no se puede disfrutar si uno se lo come cortado en cuadraditos y utilizando un tenedor. Personalmente, prefiero comerlo como lo he venido haciendo desde que tengo uso de razón.
Su cáscara no es muy gruesa, así que basta cierta presión con una uña para superar esa primera barrera. Pelarlo apresuradamente y poder sentir las primeras gotas escurriéndose por mis muñecas son un preludio perfecto para el encuentro íntimo que se avecina. Al fin, mi presa es liberada por completo de sus ropas coloradas y candentes.
Comienzo entonces a darle mordiscos por todas partes: algunos suaves, silenciosos y sensatos; otros fuertes, resonantes y desquiciados. Mientras tanto, el sonido que produce su carne desgarrada se torna cada vez más rotundo, cada vez más sincero.
Las gotas en mis mejillas y sus jugos escurriéndose por todo mi cuello me anuncian que voy por buen camino. Su pulpa avergonzada ha cedido por completo ante mi presencia y los primeros vellos entre mis dientes me hacen saber que el final se va acercando.
Es justamente ahí cuando mi lengua tiene su primer encuentro con esa perla gigante, oculta en lo más íntimo del fruto, plantada ahí en el medio, siempre desafiante y provocadora. Uno sabe que en este punto no se debe usar los dientes, así que busco la posición más cómoda y comienzo con la succión.
Repito la tan placentera operación una y otra vez, una y otra vez, y poco a poco voy despojando a mi víctima de sus últimos rezagos de pulpa hasta que por fin ella queda tendida e inmóvil en medio de mis manos asesinas. De esta forma, mis más ocultos instintos han sido satisfechos por completo y lo mejor es que no siento ningún remordimiento por ello.
Resulta que hoy tengo infinidad de cosas que no puedo concretar
y no entiendo el porqué, o será que no quiero entenderlo.
Resulta que hay una película que aún no puedo ir a ver
por más que muera por verla y ahora no sé si llegue a hacerlo.
Resulta que tengo un par de cigarrillos que no me puedo fumar
esos que sobraron de aquella vez que morimos en medio de las balas.
Resulta que hay un bolero falaz que siempre debo omitir
y debo hacerlo por voluntad y decisión, por voluntad y decisión.
Resulta que ahora debemos negarnos el placer de sentir
porque lo peor que hicimos fue querernos, querernos tanto.
Resulta que el llamado de pies en blanco y negro
debo guardármelo para alguna subasta de garaje.
Resulta que ver a Sabina, quizá en primera fila, pierde todo su sentido
sin la voz dulce y tímida que me susurre sus versos al oído.
Resulta que los viajes improvisados y descabellados ya no resultan atractivos
porque el viajar implica volar, sentir, soñar, y por añadidura, también viajar.
Resulta que el pececito no quiere dejarse cuidar
y poco a poco el gato se olvidará de ronronear.
Resulta que de todas esas cosas, no quiero concretar ya ninguna
y no entiendo el porqué, o será que no quiero entenderlo.
¿Quién dice que siempre tenemos que entender los finales?
Hay finales torpes, impetuosos y complicados, como la vida misma.
¿No es justamente eso lo que la hace encantadora?
Porque a veces la magia de un adiós junto al encanto de una sonrisa
está en eso muy profundo que nunca se dice, pero siempre se siente.
- Enfrente... hay un tipo muy raro. No sé... Tengo la impresión de que hace días que me sigue.
- ¿Quién será ese tipo?
- ¿Qué se yo? Ahí viene.
- Ese tipo está completamente loco.
- Sí, sí, seguramente.
Cercana, distante: eres reciente y eres eterna al mismo tiempo.
Asomas tu luz en estos tiempos, en esta vida,
pero quizá provengas de otra mucho más antigua,
quizá te conozca desde siempre y no lo sepa.
Resultas extraña... y a la vez me inspiras confianza.
Menguante o creciente eres:
las mismas penas, las mismas alegrías tienes.
Eres luna: esta noche vistes de blanco;
vistes de blanco y así vienes a mí,
me susurras al oído un bolero falaz,
me abrazas y te dejas abrazar,
lloras y lloro contigo.
No te vi llegar: me fijé y ya estabas ahí
y seguro que ni tú lo notaste;
eres luna: esta noche brillas sólo para mí
(con tu luz no me importa el frío)
gracias por venir,
gracias por los espejos,
nunca pierdas tu luz propia,
nunca dejes de brillar.
En días como hoy me gustaría saber dónde estabas tú, saber qué hacías en el preciso instante en el que yo me consumía por el fuego, cuando me quebraba en el silencio, mientras los días pasaban y pasaban por mi ventana y frente a mis ojos. Dónde estabas tú aquellos días en los que sin querer resultaba herido y las heridas no dejaban de sangrar. Porque todas las cosas que sueles decir y todas las cosas que sueles hacer siempre me mantienen envuelto, rodeado, nublado, turbado, cegado. Y así, mientras tú intentas a toda costa colgar tu completa existencia en los versos de otros mundos, muriendo por creer en todo lo que te rodea, en todo ese sueño ajeno que te envuelve, mientras tanto, yo estaba aquí en mi ventana, frente al mundo, mirando sin miedo directamente al sol, con absoluta voluntad para perderme en medio de su brillo y quizá así poder brillar yo también, aunque sea un instante antes de perder la vista, aunque sea un minuto antes de morir.
[Aquí se hizo una pausa. El color de tinta cambia en el siguiente párrafo. Se cree que fue escrito días después].
Perdido en medio de mis ideas, perdido en el tiempo, perdido en la nada, mientras las semillas de la vida y las semillas del cambio se iban plantando sin que pueda siquiera percatarme de ello, el cielo lloraba allá afuera: amargas gotas caían oscuras y lentas allá afuera. Perdido aún, en medio de mis ideas; perdido aún, frente a mi ventana; perdido aún, en medio del fuego, pensando en lo peligroso que resulta este pasatiempo tan irresistible, me atrevo a saltar: aquí frente a mi ventana, desde lo alto, me atrevo a dar un paseo celestial a través de todo este silencio: el fuego tarda en consumirlo todo, tarda pero llega el momento, sabía que había llegado el momento, era tiempo de matar el pasado, era tiempo de que el fuego lo consuma todo, era tiempo de volver, volver a la vida.
[Garabatos y frases escritas y tarjadas. Hasta el momento no es posible reconocer ninguna palabra].
Me atrevo a dar un paseo celestial a través de todo este silencio. Sabía que la espera había terminado. Sabía que la espera había comenzado. Mientras tanto, me atrevo a saltar, desde aquí, desde lo alto, desde mi ventana, frente a la gran ciudad, mirando sin miedo directamente al sol, que no se cansa de
Porque cada nuevo nivel es un nuevo reto. De eso, no hay duda.
Es interesante el tratar de entender por qué cada vez la emoción se va haciendo más intensa. Creo que es porque en todo juego siempre se sigue ciertas reglas lógicas: cuando uno comienza, siempre todo parece muy, muy fácil. Se trata entonces de adecuarse al entorno, mas no de buscar complicaciones. Las complicaciones van dándose luego, en los siguientes niveles.
Según mi parecer, basta con el nivel 1 para adecuarse al entorno. Incluso el enemigo final, conocido también como "el jefe" del nivel 1, es casi siempre un tipo bastante inútil y es muy fácil vencerle. Imagino que esa es una especie de táctica de enganche: el nivel 1 nos hace sentir capaces de vencer al enemigo sin ningún problema, por lo que la emoción crece y seguimos adelante. Vuelvo a lo de la emoción. Si seguimos esa regla, la emoción crece cada vez más frente a cada nuevo nivel.
Algo que también parece una regla es que hay ciertos niveles que son bastante problemáticos, como para mí lo fue el nivel 3, pues me tocó jugarlo a oscuras. El tiempo no era como el de costumbre: parecía que todo pasaba muy, muy lento, y justamente eso era lo complicado. Mis movimientos eran como adormecidos, no podía calcular bien los saltos, no lograba dar los pisotones definitivos sobre los enemigos, por lo que perdía demasiadas vidas. Fue un nivel bastante frustrante por el poco control que tenía sobre mí mismo.
Quizá en la inconciencia entendí cómo vencer al jefe del nivel 3. Quizá en el silencio y en la calma pude ver su punto débil. Quizá fue necesario que estuviese así de adormecido, casi moribundo, para entenderlo. No era hora de morir. Porque algo más grande nos espera luego de este reto. No he llegado hasta aquí para morir ahora. Definitivamente, no era hora de morir.
When you're sure you've had enough of this life, well hang on
Don't let yourself go, 'cause everybody cries and everybody hurts sometimes
Sometimes everything is wrong. Now it's time to sing along
When your day is night alone, (hold on, hold on)
If you feel like letting go, (hold on)
When you think you've had too much of this life, well hang on
'Cause everybody hurts. Take comfort in your friends
Everybody hurts. Don't throw your hand. Oh, no. Don't throw your hand
If you feel like you're alone, no, no, no, you are not alone
If you're on your own in this life, the days and nights are long,
When you think you've had too much of this life to hang on
Well, everybody hurts sometimes,
Everybody cries. And everybody hurts sometimes
And everybody hurts sometimes. So, hold on, hold on
Hold on, hold on, hold on, hold on, hold on, hold on
Everybody hurts. You are not alone
blue skies from pain.
Can you tell a green field from a cold steel rail?
A smile from a veil?
Do you think you can tell?
And did they get you to trade your heroes for ghosts?
Hot ashes for trees?
Hot air for a cool breeze?
Cold comfort for change?
And did you exchange a walk on part in the war for a lead role in a cage?
How I wish, how I wish you were here.
We're just two lost souls swimming in a fish bowl, year after year,
Running over the same old ground.
What have you found? The same old fears.
Wish you were here.
Por alguna extraña razón, al terminar de revisar el correo de Yahoo!, me llamó la atención una noticia en donde se mencionaba que Obama incrementaría las medidas de seguridad aérea en su país. Horas después, me fui a dormir creyendo haber olvidado esa noticia, como suelo hacer con la mayoría de noticias que leo últimamente.
Pero resultó que no fue así. Entre sueños, me vi parado frente a mi ventana, desde aquí, desde lo alto, viendo la mitad de la ciudad, viendo parte del mar. La seguridad aérea se había esfumado. La gran capa de nubes que suele cubrir a mi ciudad era atravesada por trozos de metal azul, blanco, gris. Por todas partes llovían trozos de metal, algunos en llamas, algunos casi consumidos por el fuego.
Luego vinieron los aviones, esta vez completos. Caían los privados y pequeños, caían los comerciales y gigantezcos. Los trozos de metal seguían cayendo. Después aparecieron las hélices y poco a poco, los respectivos helicópteros. Lo extraño era que no había gente. Todo lo que caía era metal y bolas de fuego.
Como era de esperarse, el fuego comenzó a consumir el cielo. La ciudad gris se tornaba negra. Las nubes ya no aguantaban su propio peso. Las gotas que guardaban la esperanza de calmar la tormenta se espantaron al solo ver las lenguas de fuego que iban calcinándolo todo, hasta el aire mismo se espantaba de su papel en la combustión infernal que se daba frente a mis ojos.
Fue cuando el cielo entero se vino abajo. Era un enorme agujero desde lo alto, no desde aquí, sino desde mucho más alto. Un enorme agujero que extendía sus brazos como si se derritiese sobre una esfera de cristal. Cada vez estaba más cerca y cada vez el vacío, la nada, se hacía más evidente. Yo estaba viéndolo todo desde lo alto. Quizá sería uno de los primeros en sentir el sabor de la nada, en ver el color del vacío.
Entonces, la tierra me hizo entender que ese no sería un privilegio. La sangre derramada desde lo alto ya había tocado el suelo, por lo que la tierra ya sabía que el cielo se estaba cayendo. La tierra siempre amó al cielo, por lo que ahora, ante la celestial agonía, la tierra decidió morir también. Mi privilegiado lugar, aquí desde lo alto, comenzaba a derrumbarse.
Y así, la tierra se abriría, se tragaría todo lo que alojó durante este tiempo, se encargaría de eliminar todo lo que pueda ser testigo de la tragedia del cielo, porque la muerte del cielo nadie la puede presenciar. Y la tierra se tragaría a sí misma y el cielo ya no tendría dónde caer, porque ya no existiría un arriba, ni un abajo. La tierra se suicidaría para que el cielo sobreviva, aún sin que éste lo note. Y yo, yo ya estaré muerto.
Cuando las palabras son dichas solo por inercia,
uno llega a sentir que a la vida le hace falta poesía
y el tiempo invertido resulta insignificante
pues en su grandeza el alma necesita más aire
para llenar esos vacíos que poco a poco
la van fulminando sin darse cuenta.









