Por la avenida de los sueños rotos

Una esquina forrada con láminas de metal, una voz escandalosa que anuncia la «grandiosidad» del espectáculo, seis vigilantes que controlan el pago de dos soles para ingresar al lugar. A unos cuantos metros de distancia, Fabiana acaba de desnudarse y avanza a gatas en un escenario frente a cerca de cincuenta machos angustiados, que la observan casi hipnotizados en medio de ese trance morboso y pestilente que ofrece el Disco Club Las Palmeras, todas las noches en la cuadra seis de la avenida La Colmena.

Lugares como el mencionado son los que abundan en el Cercado de Lima y son conocidos como «a sol la barra». El pago único de ingreso permite a los desconsolados devotos satisfacer al menos visualmente sus más recónditos y seguramente frustrados deseos sexuales. En el interior, el ambiente está como envuelto por una niebla de podredumbre en donde se distingue un fuerte olor a orina mezclada con licor, perfume barato y sudor de axila, pero el público parece inmune o más bien motivado por esa particular atmósfera.

Que comience el espectáculo
«Démosle la bienvenida a Talía», el vocero anuncia a la siguiente bailarina. El mecanismo es simple: cada cierto tiempo, mujeres voluptuosas y de corta edad suben a un escenario rodeado de espejos para desnudarse en público. Talía se acerca a los espectadores, se sienta sobre uno de ellos y comienza a frotarse contra las entusiasmadas partes íntimas de éste. Al levantarse, el «afortunado» sonríe lujuriosamente, mete la mano al bolsillo y trata de disimular la erección producida por el estímulo.

«¡Talía, ven para acá!», gritan desde las últimas filas. Ella accede. Parece no discriminar a nadie: ni al gordito de camisa azul eléctrico con flores blancas, ni al anciano de lentes y sombrero, ni al muchacho quinceañero que cubre su rostro con paranoia. Lo cierto es que Talía se refugia en los espejos, pues es lo único que observa mientras golpea sus nalgas contra las ingles de los clientes de la «zona de pajeros», como grita sin parar el vocero del lugar. Talía no sonríe, Talía sólo se observa a sí misma.

Dónde está el negocio
El portavoz menciona que habrá un receso. Automáticamente, toda la «zona de pajeros» es desalojada a pedido del personal de seguridad. Aquél que intentó disimular su erección no se pudo contener y fue en busca de Talía. Al encontrarla, paga treinta Soles a uno de los mozos del local, éste le entrega un vale a Talía y los conduce al segundo piso, por unas escaleras temblorosas con un cartel de «zona vip». Mientras tanto, nuevos voyeristas han llenado las butacas y una película porno comienza a ser proyectada.

Luego del receso, el portavoz da la bienvenida a Tatiana. Se posterga la proyección de la película y la bailarina hace lo que sabe hacer. El juego de luces y la música estruendosa complementan el espectáculo. Las volutas de humo revelan cientos de huellas dactilares en los espejos, muchos de ellos rotos, tal como seguramente también lo están los sueños de muchas de estas chicas. Quizá por eso se refugien en ellos al bailar, quizá su imagen quebrada les recuerde aquello que jamás mencionan, total, el show debe continuar.

3 Response to "Por la avenida de los sueños rotos"

  1. Anónimo escribió:
    11 de mayo de 2010 a las 13:34

    Que lindo blog! Te invito a que pases por el mio
    clarasojo.blogspot.com

  2. MoiZés AZÄÑA escribió:
    25 de mayo de 2010 a las 21:25

    Creo que el «afortunado» eras tú. Ya un día tendré la oportunidad de ir por esos sitios, «la avenida de los sueños rotos» donde al parecer tú eres casero. Jaja.

    AZAÑA ORTEGA

  3. Lienzo escribió:
    5 de julio de 2010 a las 14:06

    Me parece que tu texto es muy bueno, captas la atención del lector! :) Sin embargo el final es predecible...muy predecible...

    ¿Habría una manera de darle un giro? ¿De no hacer explícito lo que todos saben? Buscar otra cosa que no sea la evidente, para el final :)

    Un abrazo: yonoquierodecir.blogspot.com :)