Duda

Existimos. Eso es un hecho. A veces pensamos para luego existir, tal como lo demandaba Descartes. A veces existimos sin siquiera pensar, tal como lo demandan los dioses contemporáneos. Sea como sea nuestra realidad existencial, lo concreto es que estamos aquí, en este mismo mundo que amamos por momentos y odiamos por otros.

Pasamos años de años a merced de nuestros mentores: sea Dios, sean nuestros padres, sean nuestros dibujos animados favoritos. Cuando niños, cualquier figura es buena para servirnos de inspiración y de motivación para "seguir un camino". Incluso los dibujos que nos obligan a hacer en los primeros años de colegio tienen todos ellos rasgos caricaturescos. Nos aislamos de la realidad, encantados inconscientemente por cierta manera tan lúdica de presentar las cosas que nos rodean: el mundo es una caricatura.

Luego, crecemos sin darnos cuenta y seguimos pensando que los árboles son una bola.

La vida nos ha golpeado, una y mil veces, pero no nos hemos dado cuenta de ello. Miles de traumas se nos han instalado en la cabeza, como por arte de magia, pero nosotros seguimos con nuestra vida, completamente despreocupados por aquello que nos hará incompletos por mucho tiempo, y a veces hasta por toda la vida. Las costumbres, los entornos, las vivencias, nos forman de una manera tal que no podemos ni siquiera darnos cuenta de las tonterías que a veces se nos mete por las venas. Somos lo que somos y nos sentimos felices y orgullosos de eso.

La vida nos sigue golpeando, pero esta vez, abajo, en las pelotas. Llega el momento en el que nos toca cuestionarnos. ¿Quiénes somos verdaderamente? ¿Hacia dónde vamos? ¿Qué es lo que queremos? Las encuestas dicen que Magaly Medina es el personaje más detestable de la televisión local. Las encuestas también dicen que Magaly TV es el programa con mayor sintonía de la televisión local. ¿Qué es lo que pasa en la cabeza de la gente? ¿Acaso nos dejamos encantar por aquello que sabemos que nos hace daño?

Somos complicados. Nuestra naturaleza humana nos hace racionales pero al mismo tiempo irracionales. Amamos lo que nos hace daño. Nos aferramos ciegamente a todo eso que nos duele. De alguna forma debemos mantener viva la llama de la emoción en nuestras vidas. Hay quienes conocen el paraíso y se aburren de su perfección, hasta el punto de escaparse de cuando en cuando para dar un paseo por los jardines calurosos del infierno.

Somos humanos. Somos inestables. Eso nos hace diferentes del resto de especies. Nuestra humanidad nos hace racionales. Nuestra racionalidad nos hace libres. Nuestra libertad nos hace incoherentes. Nuestra incoherencia nos hace prisioneros. Nuestras prisiones nos hacen humanos. Siddhartha vivió en carne propia los mayores sufrimientos del ser humano, pero pese a ello, no pudo evitar que su hijo los vuelva a vivir por su cuenta, pese a que lo amaba con toda su alma. El amor de Siddhartha hacia su hijo fue justamente lo que hizo que su hijo se aleje de él. Su hijo debía vivir su propia vida, debía equivocarse por su propia cuenta, debía sufrir. Únicamente así, entendería la grandiosidad de la vida.

Cuesta mucho entender que el amor es libertad. A veces se ama tanto a alguien que no queremos que esta persona sufra lo mismo que nosotros sufrimos en su momento. Y por amarlos tanto es que nos llegan a odiar.

Cuesta, pero lo entendemos. El amor es libertad.

Sufre lo que debas sufrir. Recibe los golpes que la vida te ha destinado.

Madura. Crece. Aprende a vivir.

Tal vez luego de eso podamos hablar sin máscaras, pero esta vez de verdad.


 

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