Una sucesión de eventos jamás planeados nos conducen a situaciones imaginarias que, al pasar a concretarse, causan cierta satisfacción indescriptible. El azar se hace presente al decidir por aquellos que a manera de solidaridad con el hermano caído cambiaron de parecer y aceptaron mudar su lugar de sueño. Diversos avisos de visitantes nocturnos se evaporaron luego de que sorpresivamente anunciasen su partida después de la victoria. Amigos conocidos y conocidos amigos que uno a uno y por acción de sus propios deseos se fueron acomodando en cada una de las cuatro esquinas del rectángulo que nos albergaba.
Cortinas improvisadas, silencios con miles de significados, y en el fondo de todo, miradas: miradas provenientes del mismo espacio, del mismo universo infinito en donde suelen perderse los soñadores; miles de miradas todas originadas en un mismo lugar y todas tan diversas: miradas cargadas de gritos silenciados, de sonrisas amorosas confundidas con deseos calurosos; miradas cargadas de palabras cálidas, cargadas de besos inmortales, de labios seductores, de caricias eternas, tan eternas como el contar impaciente de tus dedos en el pie derecho poco antes de dormir, tan eternas como la noche misma que se ofreció ante nosotros para convertirnos en uno solo, tal y como alguna vez lo habíamos imaginado sin pensarlo, sin buscarlo, sin decirlo con palabras: la mirada y la sonrisa se hicieron cómplices, la sonrisa y la palabra se hicieron ya hace tiempo la misma cosa, la caricia y el deseo trascendieron al espacio en el que fuimos y la mirada, la mirada se mantuvo presente, como la esperanza que prevalece en el tiempo, hasta siempre, hasta que el azar nos permita de nuevo ser el mismo ser, y seguir siendo lo mismo y a la vez más que lo mismo, hasta siempre, hasta siempre y para siempre en la mirada que prevalece en la mirada.
Fue así que, en medio de la vigilia, esa misma vigilia tan imaginada pero tan insospechada, la noche, la noche en la que el mar susurraba sus cánticos a los viajeros, la noche en la que los cielos se mostraban salpicados de emociones, pequeñas y distantes pero cada una con brillo propio, la noche en la que lejos de casa me descubrí a mí mismo fuera de mí y me vi en la intimidad del reflejo de tus ojos en la penumbra; la noche en que pudimos vernos desde lejos y en medio de un abrazo al mismo tiempo; esa noche allá en el borde del mar es la noche en la que me enamoré de esa tan genial obra de arte que se hace llamar vida.



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