Sobre un suicidio frustrado

Mano extendida. La invitación estaba hecha. Pierna derecha hacia adelante, a 90 grados de la izquierda, que reposaba su pie al borde del borde.

Ojos cerrados. Estaba esperando pacientemente y con un sentimiento de felicidad y satisfacción indescriptible.

Su mano nunca llegó. En sus pupilas ardientes ahora llovían lágrimas. Murió el fuego, mas no él; y con el viento, el humo se hizo humo.

Cristales y espejos se iban quebrando uno a uno, y al caer iban cortándolo todo, comenzando por la frente, tan en alto antes y tan sangrante ahora; los ojos que luchaban por mantenerse cerrados aún con los párpados escurriéndose por las mejillas; de hecho, ahora ya no eran «los ojos», ahora era «el ojo». Cortes en la lengua, que igual se las arreglaba para gritar un «no me dejes». Cuello. Chisguetes por todos lados excepto por la yugular, como si los espejos se hubiesen puesto de acuerdo para hacer sufrir al pobre iluso. Pecho, brazos y espalda barrocos. Eunuco en dos segundos. La pierna derecha se salvó por estar lejos de la masa sangrante y deforme (la pierna derecha ahora tenía un ojo). Pierna izquierda despojada de sus músculos pero aún firme, como si los espejos se hubiesen puesto de acuerdo.

El ambiente seguía en silencio. El reflejo disperso en los trozos de espejo en el suelo era suficiente: ya estaba muerto, muerto en vida. Ahora no tenía sentido el suicidio: «Para qué morir, si no es con ella». Los sueños de libertad eterna se habían esfumado. Tuvo que bajar la pierna derecha y alejarse del borde. El único que se suicidó fue el ojo, que antes de golpear el pavimento pudo ver al suicida y burlarse de él.

Un espejo y un cristal quedaron intactos. Le aterrorizaba la idea de ver a través de uno. Se llevó el otro a casa.

«Quizá ahora soy visualmente más honesto», se decía, ya en casa.

La última confesión del suicida

Debes saber que no estás sola en este angustiante dilema: yo también tengo esa gigantezca carga de lo prohibido; yo también sé que nada de esto está moralmente permitido; yo también creo que todo está en contra; yo también entiendo que nos ganaríamos el odio del mundo entero... pero, ¿no es eso lo infinitamente exquisito? Sé que es bastante egoísta pero... no lo puedo negar, no lo puedo ocultar y tú tampoco puedes hacerlo; veo en mis cristales tus pupilas ardientes que me llaman desde el infinito; veo en mis espejos las llamas del deseo que inundan mis ojos con tu erótica silueta; veo en el ambiente un silencio capaz de aislarnos de los más nefastos y devastadores comentarios de aquellos que no entienden nuestra naturaleza animal... Sólo pretendo ser quien soy, y al serlo, liberarte de tus prejuicios. Ser quien soy, y al serlo, dejarte ser quien realmente eres.

Dejemos de vagabundear, dejemos de procrastinar: es hora de morir (socialmente morir).

«Te amo»


Después de tomar un café, pregunté como jugando si querían ir a tomar «algo más refrescante». Como jugando también, Z dijo inmediatamente que sí. A se hizo de rogar un poco, pero luego de varias bromas entre nosotras, aceptó gustosa, con la gran sonrisa que le caracteriza.

Era su primera vez en ese lugar; afortunadamente, no se sintieron intimidadas por ello ni por todos los parroquianos de las mesas aledañas, que por cierto, nos lanzaban miradas pervertidas y en su mayoría nauseabundas según nuestro punto de vista. Aún faltaba más de media hora para llegar a las 4 de la tarde, así que teníamos tiempo de sobra. Comenzamos, casi por inercia, a hacer un recuento de las frustraciones que nos han ido golpeando en estos últimos meses, académicamente hablando. No hubo mucho debate ni discrepancias en ello: todo el mundo sabía que tanto Espinoza como Piazzini te ponían buena nota si les gustaba la cara que tenías el día del examen final. Pobre Rafo, que se le ocurrió emborracharse el día anterior al examen de Lógica. Por suerte, por esas fechas, nosotras no nos veíamos tan mal. No tanto como Rafo.

Las horas y las botellas iban pasando, unas más de prisa que las otras (a veces estas, a veces aquellas) y la charla fue paseándose por todo tipo de temas: política, religión, amores frustrados, amigos ganados, rencores surgidos, etc. Para esto, Z estaba ebria.

Luego de un par más (de horas o de chelas, da lo mismo) A comenzaba a hablar incoherencias y a reir demasiado fuerte. Logró cautivarme por un instante la idea de vernos ahí, en medio del caos, tres seres distintos e independientes, pero con ideas del todo similares y sentimientos perfectamente sintonizados. Nos dabamos la razón en todo, nos reíamos de lo mismo, apreciábamos a tales y tales otros, despreciábamos a unos y a otros más. Eramos «El Uno» en tres formas distintas (hay que estar con mucho alcohol en el organismo para pensar que algo así puede ser posible).

Luego de terminar todas las que nos quedaban (chelas), ya nada podía separarnos: las pequeñas dificultades que alguna vez pudieron haber surgido entre Z y A fueron superadas con un abrazo y un «¡tú eres mi pata del alma!». Como es de imaginarse, desfilaron por nuestros oídos todo tipo de frases, cada una más distorsionada que la anterior: «¡Te quiero como mierda, huevona!», «¡Puta madre, estoy borracha!», «Me hago la pichi», «¡Para eso toman, carajo!», etc. Y así, entre plabaras —mal formadas— y ¡abrazos! —fuerte—, llegamos al final (horas). Nada coherente podía ser pronunciado en nuestra mesa. Nada a excepción de un par de palabras, aquellas que encierran todo el significado del magno evento y de la importancia de haber pasado 18 horas juntas, aquellas que justifican esta y todas las borracheras habidas y por haber. Dos simples palabras:«Te amo».


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Tanto esta versión
como la original
fueron narradas por T.
Ella tuvo la gentileza
de compartirme
tan genial experiencia
hace unos días.

A ti,
gran amiga,
te dedico esta entrada.
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