Mano extendida. La invitación estaba hecha. Pierna derecha hacia adelante, a 90 grados de la izquierda, que reposaba su pie al borde del borde.
Ojos cerrados. Estaba esperando pacientemente y con un sentimiento de felicidad y satisfacción indescriptible.
Su mano nunca llegó. En sus pupilas ardientes ahora llovían lágrimas. Murió el fuego, mas no él; y con el viento, el humo se hizo humo.
Cristales y espejos se iban quebrando uno a uno, y al caer iban cortándolo todo, comenzando por la frente, tan en alto antes y tan sangrante ahora; los ojos que luchaban por mantenerse cerrados aún con los párpados escurriéndose por las mejillas; de hecho, ahora ya no eran «los ojos», ahora era «el ojo». Cortes en la lengua, que igual se las arreglaba para gritar un «no me dejes». Cuello. Chisguetes por todos lados excepto por la yugular, como si los espejos se hubiesen puesto de acuerdo para hacer sufrir al pobre iluso. Pecho, brazos y espalda barrocos. Eunuco en dos segundos. La pierna derecha se salvó por estar lejos de la masa sangrante y deforme (la pierna derecha ahora tenía un ojo). Pierna izquierda despojada de sus músculos pero aún firme, como si los espejos se hubiesen puesto de acuerdo.
El ambiente seguía en silencio. El reflejo disperso en los trozos de espejo en el suelo era suficiente: ya estaba muerto, muerto en vida. Ahora no tenía sentido el suicidio: «Para qué morir, si no es con ella». Los sueños de libertad eterna se habían esfumado. Tuvo que bajar la pierna derecha y alejarse del borde. El único que se suicidó fue el ojo, que antes de golpear el pavimento pudo ver al suicida y burlarse de él.
Un espejo y un cristal quedaron intactos. Le aterrorizaba la idea de ver a través de uno. Se llevó el otro a casa.
«Quizá ahora soy visualmente más honesto», se decía, ya en casa.
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28 de enero de 2009 a las 22:47
creo que cada día, podria considerarse, desde algún plano, como un suicidio frustado... por lo menos en mi caso, creo n_n
16 de febrero de 2009 a las 23:15
Porque no se anhela un "vivieron felices para siempre"... pero aún así faltó el valor para hacerlo.
17 de febrero de 2009 a las 1:46
Quizá lo que él anhelaba era un «y murieron felices para siempre». Creo que tuvo el valor para creer en algo, pero no para comunicarlo.
25 de febrero de 2009 a las 0:21
Simplemente no fue suficiente.
25 de febrero de 2009 a las 3:01
La suficiencia es relativa: no todos los estómagos tienen el mismo tamaño.
3 de marzo de 2009 a las 16:39
«Para qué morir si no es con ella» Mejor que muera ella sola, por lo menos así habría media felicidad.