Turing

El Test de Turing (o Prueba de Turing) es una prueba propuesta por Alan Turing para demostrar la existencia de inteligencia en una máquina. Fue expuesto en 1950 en un artículo (Computing machinery and intelligence) para la revista Mind, y sigue siendo uno de los mejores métodos para los defensores de la Inteligencia Artificial. Se fundamenta en la hipótesis positivista de que, si una máquina se comporta en todos los aspectos como inteligente, entonces debe ser inteligente.
La prueba consiste en un desafío. Se supone un juez situado en una habitación, y una máquina y un ser humano en otras. El juez debe descubrir cuál es el ser humano y cuál es la máquina, estándoles a los dos permitido mentir al contestar por escrito las preguntas que el juez les hiciera. La tesis de Turing es que si ambos jugadores eran suficientemente hábiles, el juez no podría distinguir quién era el ser humano y quién la máquina. Todavía ninguna máquina puede pasar este examen en una experiencia con método científico.

Por la avenida de los sueños rotos

Una esquina forrada con láminas de metal, una voz escandalosa que anuncia la «grandiosidad» del espectáculo, seis vigilantes que controlan el pago de dos soles para ingresar al lugar. A unos cuantos metros de distancia, Fabiana acaba de desnudarse y avanza a gatas en un escenario frente a cerca de cincuenta machos angustiados, que la observan casi hipnotizados en medio de ese trance morboso y pestilente que ofrece el Disco Club Las Palmeras, todas las noches en la cuadra seis de la avenida La Colmena.

Lugares como el mencionado son los que abundan en el Cercado de Lima y son conocidos como «a sol la barra». El pago único de ingreso permite a los desconsolados devotos satisfacer al menos visualmente sus más recónditos y seguramente frustrados deseos sexuales. En el interior, el ambiente está como envuelto por una niebla de podredumbre en donde se distingue un fuerte olor a orina mezclada con licor, perfume barato y sudor de axila, pero el público parece inmune o más bien motivado por esa particular atmósfera.

Que comience el espectáculo
«Démosle la bienvenida a Talía», el vocero anuncia a la siguiente bailarina. El mecanismo es simple: cada cierto tiempo, mujeres voluptuosas y de corta edad suben a un escenario rodeado de espejos para desnudarse en público. Talía se acerca a los espectadores, se sienta sobre uno de ellos y comienza a frotarse contra las entusiasmadas partes íntimas de éste. Al levantarse, el «afortunado» sonríe lujuriosamente, mete la mano al bolsillo y trata de disimular la erección producida por el estímulo.

«¡Talía, ven para acá!», gritan desde las últimas filas. Ella accede. Parece no discriminar a nadie: ni al gordito de camisa azul eléctrico con flores blancas, ni al anciano de lentes y sombrero, ni al muchacho quinceañero que cubre su rostro con paranoia. Lo cierto es que Talía se refugia en los espejos, pues es lo único que observa mientras golpea sus nalgas contra las ingles de los clientes de la «zona de pajeros», como grita sin parar el vocero del lugar. Talía no sonríe, Talía sólo se observa a sí misma.

Dónde está el negocio
El portavoz menciona que habrá un receso. Automáticamente, toda la «zona de pajeros» es desalojada a pedido del personal de seguridad. Aquél que intentó disimular su erección no se pudo contener y fue en busca de Talía. Al encontrarla, paga treinta Soles a uno de los mozos del local, éste le entrega un vale a Talía y los conduce al segundo piso, por unas escaleras temblorosas con un cartel de «zona vip». Mientras tanto, nuevos voyeristas han llenado las butacas y una película porno comienza a ser proyectada.

Luego del receso, el portavoz da la bienvenida a Tatiana. Se posterga la proyección de la película y la bailarina hace lo que sabe hacer. El juego de luces y la música estruendosa complementan el espectáculo. Las volutas de humo revelan cientos de huellas dactilares en los espejos, muchos de ellos rotos, tal como seguramente también lo están los sueños de muchas de estas chicas. Quizá por eso se refugien en ellos al bailar, quizá su imagen quebrada les recuerde aquello que jamás mencionan, total, el show debe continuar.

Carrrrrne de la fruta (no) prohibida

Siempre he pensado que un mango no se puede disfrutar si uno se lo come cortado en cuadraditos y utilizando un tenedor. Personalmente, prefiero comerlo como lo he venido haciendo desde que tengo uso de razón.

Su cáscara no es muy gruesa, así que basta cierta presión con una uña para superar esa primera barrera. Pelarlo apresuradamente y poder sentir las primeras gotas escurriéndose por mis muñecas son un preludio perfecto para el encuentro íntimo que se avecina. Al fin, mi presa es liberada por completo de sus ropas coloradas y candentes.

Comienzo entonces a darle mordiscos por todas partes: algunos suaves, silenciosos y sensatos; otros fuertes, resonantes y desquiciados. Mientras tanto, el sonido que produce su carne desgarrada se torna cada vez más rotundo, cada vez más sincero.

Las gotas en mis mejillas y sus jugos escurriéndose por todo mi cuello me anuncian que voy por buen camino. Su pulpa avergonzada ha cedido por completo ante mi presencia y los primeros vellos entre mis dientes me hacen saber que el final se va acercando.

Es justamente ahí cuando mi lengua tiene su primer encuentro con esa perla gigante, oculta en lo más íntimo del fruto, plantada ahí en el medio, siempre desafiante y provocadora. Uno sabe que en este punto no se debe usar los dientes, así que busco la posición más cómoda y comienzo con la succión.

Repito la tan placentera operación una y otra vez, una y otra vez, y poco a poco voy despojando a mi víctima de sus últimos rezagos de pulpa hasta que por fin ella queda tendida e inmóvil en medio de mis manos asesinas. De esta forma, mis más ocultos instintos han sido satisfechos por completo y lo mejor es que no siento ningún remordimiento por ello.