Siempre he pensado que un mango no se puede disfrutar si uno se lo come cortado en cuadraditos y utilizando un tenedor. Personalmente, prefiero comerlo como lo he venido haciendo desde que tengo uso de razón.
Su cáscara no es muy gruesa, así que basta cierta presión con una uña para superar esa primera barrera. Pelarlo apresuradamente y poder sentir las primeras gotas escurriéndose por mis muñecas son un preludio perfecto para el encuentro íntimo que se avecina. Al fin, mi presa es liberada por completo de sus ropas coloradas y candentes.
Comienzo entonces a darle mordiscos por todas partes: algunos suaves, silenciosos y sensatos; otros fuertes, resonantes y desquiciados. Mientras tanto, el sonido que produce su carne desgarrada se torna cada vez más rotundo, cada vez más sincero.
Las gotas en mis mejillas y sus jugos escurriéndose por todo mi cuello me anuncian que voy por buen camino. Su pulpa avergonzada ha cedido por completo ante mi presencia y los primeros vellos entre mis dientes me hacen saber que el final se va acercando.
Es justamente ahí cuando mi lengua tiene su primer encuentro con esa perla gigante, oculta en lo más íntimo del fruto, plantada ahí en el medio, siempre desafiante y provocadora. Uno sabe que en este punto no se debe usar los dientes, así que busco la posición más cómoda y comienzo con la succión.
Repito la tan placentera operación una y otra vez, una y otra vez, y poco a poco voy despojando a mi víctima de sus últimos rezagos de pulpa hasta que por fin ella queda tendida e inmóvil en medio de mis manos asesinas. De esta forma, mis más ocultos instintos han sido satisfechos por completo y lo mejor es que no siento ningún remordimiento por ello.
Resulta que hoy tengo infinidad de cosas que no puedo concretar
y no entiendo el porqué, o será que no quiero entenderlo.
Resulta que hay una película que aún no puedo ir a ver
por más que muera por verla y ahora no sé si llegue a hacerlo.
Resulta que tengo un par de cigarrillos que no me puedo fumar
esos que sobraron de aquella vez que morimos en medio de las balas.
Resulta que hay un bolero falaz que siempre debo omitir
y debo hacerlo por voluntad y decisión, por voluntad y decisión.
Resulta que ahora debemos negarnos el placer de sentir
porque lo peor que hicimos fue querernos, querernos tanto.
Resulta que el llamado de pies en blanco y negro
debo guardármelo para alguna subasta de garaje.
Resulta que ver a Sabina, quizá en primera fila, pierde todo su sentido
sin la voz dulce y tímida que me susurre sus versos al oído.
Resulta que los viajes improvisados y descabellados ya no resultan atractivos
porque el viajar implica volar, sentir, soñar, y por añadidura, también viajar.
Resulta que el pececito no quiere dejarse cuidar
y poco a poco el gato se olvidará de ronronear.
Resulta que de todas esas cosas, no quiero concretar ya ninguna
y no entiendo el porqué, o será que no quiero entenderlo.
¿Quién dice que siempre tenemos que entender los finales?
Hay finales torpes, impetuosos y complicados, como la vida misma.
¿No es justamente eso lo que la hace encantadora?
Porque a veces la magia de un adiós junto al encanto de una sonrisa
está en eso muy profundo que nunca se dice, pero siempre se siente.
- Enfrente... hay un tipo muy raro. No sé... Tengo la impresión de que hace días que me sigue.
- ¿Quién será ese tipo?
- ¿Qué se yo? Ahí viene.
- Ese tipo está completamente loco.
- Sí, sí, seguramente.




