Aquella voz aún retumba en mis oídos: era mayor, arrugas bastante marcadas y ojos oscuros, cargados de miseria y dolor, que hacían juego con sus labios, casi imposibles de evocar sonrisas. «Si tenemos que usar la fuerza, pues la usaremos. Si tenemos que luchar, pues lucharemos», decía aquella escudadora de los años de la letra que entra con sangre. Un delicioso «calla, terruca» paseó por mi cabeza y me alegró el tan nauseabundo momento (lastimosamente, esa náusea pulula por todos los ambientes reales y mi imaginación sólo se limita a endulzar mis mundos paralelos, sí, los virtuales). Resultó gratificante que lo siguiente fueran pifias y no aplausos. «Espero que no pretendan enfrentar a los ecrestes, sería algo ridículo», pensé. Pensé. Pasaron menos de 24 horas y los ecrestes se estaban enfrentando.
Sí, los escudadores del mañana, como animales.
Ahora falta que los ecrenses de Lertes —tan ilustres ellos— respondan con la misma moneda. Confío en que eso no sucederá. Sería tan, pero tan irónico: ecrestes de Lertes, reconocidos por su gran entendimiento en el mundo de las Letras y las Artes; y ecrestes de Escudación, aquellos que forjarán a los ciudadanos del mañana, ambos bandos, agarrándose a golpes, como tribus salvajes. Realmente, espero que eso nunca suceda.