Debes saber que no estás sola en este angustiante dilema: yo también tengo esa gigantezca carga de lo prohibido; yo también sé que nada de esto está moralmente permitido; yo también creo que todo está en contra; yo también entiendo que nos ganaríamos el odio del mundo entero... pero, ¿no es eso lo infinitamente exquisito? Sé que es bastante egoísta pero... no lo puedo negar, no lo puedo ocultar y tú tampoco puedes hacerlo; veo en mis cristales tus pupilas ardientes que me llaman desde el infinito; veo en mis espejos las llamas del deseo que inundan mis ojos con tu erótica silueta; veo en el ambiente un silencio capaz de aislarnos de los más nefastos y devastadores comentarios de aquellos que no entienden nuestra naturaleza animal... Sólo pretendo ser quien soy, y al serlo, liberarte de tus prejuicios. Ser quien soy, y al serlo, dejarte ser quien realmente eres.
Dejemos de vagabundear, dejemos de procrastinar: es hora de morir (socialmente morir).
12 comentarios
Después de tomar un café, pregunté como jugando si querían ir a tomar «algo más refrescante». Como jugando también, Z dijo inmediatamente que sí. A se hizo de rogar un poco, pero luego de varias bromas entre nosotras, aceptó gustosa, con la gran sonrisa que le caracteriza.
Era su primera vez en ese lugar; afortunadamente, no se sintieron intimidadas por ello ni por todos los parroquianos de las mesas aledañas, que por cierto, nos lanzaban miradas pervertidas y en su mayoría nauseabundas según nuestro punto de vista. Aún faltaba más de media hora para llegar a las 4 de la tarde, así que teníamos tiempo de sobra. Comenzamos, casi por inercia, a hacer un recuento de las frustraciones que nos han ido golpeando en estos últimos meses, académicamente hablando. No hubo mucho debate ni discrepancias en ello: todo el mundo sabía que tanto Espinoza como Piazzini te ponían buena nota si les gustaba la cara que tenías el día del examen final. Pobre Rafo, que se le ocurrió emborracharse el día anterior al examen de Lógica. Por suerte, por esas fechas, nosotras no nos veíamos tan mal. No tanto como Rafo.
Las horas y las botellas iban pasando, unas más de prisa que las otras (a veces estas, a veces aquellas) y la charla fue paseándose por todo tipo de temas: política, religión, amores frustrados, amigos ganados, rencores surgidos, etc. Para esto, Z estaba ebria.
Luego de un par más (de horas o de chelas, da lo mismo) A comenzaba a hablar incoherencias y a reir demasiado fuerte. Logró cautivarme por un instante la idea de vernos ahí, en medio del caos, tres seres distintos e independientes, pero con ideas del todo similares y sentimientos perfectamente sintonizados. Nos dabamos la razón en todo, nos reíamos de lo mismo, apreciábamos a tales y tales otros, despreciábamos a unos y a otros más. Eramos «El Uno» en tres formas distintas (hay que estar con mucho alcohol en el organismo para pensar que algo así puede ser posible).
Luego de terminar todas las que nos quedaban (chelas), ya nada podía separarnos: las pequeñas dificultades que alguna vez pudieron haber surgido entre Z y A fueron superadas con un abrazo y un «¡tú eres mi pata del alma!». Como es de imaginarse, desfilaron por nuestros oídos todo tipo de frases, cada una más distorsionada que la anterior: «¡Te quiero como mierda, huevona!», «¡Puta madre, estoy borracha!», «Me hago la pichi», «¡Para eso toman, carajo!», etc. Y así, entre plabaras —mal formadas— y ¡abrazos! —fuerte—, llegamos al final (horas). Nada coherente podía ser pronunciado en nuestra mesa. Nada a excepción de un par de palabras, aquellas que encierran todo el significado del magno evento y de la importancia de haber pasado 18 horas juntas, aquellas que justifican esta y todas las borracheras habidas y por haber. Dos simples palabras:«Te amo».
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Tanto esta versión
como la original
fueron narradas por T.
Ella tuvo la gentileza
de compartirme
tan genial experiencia
hace unos días.
A ti,
gran amiga,
te dedico esta entrada.
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Ella tuvo la gentileza
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A ti,
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