Porque cada nuevo nivel es un nuevo reto. De eso, no hay duda.
Es interesante el tratar de entender por qué cada vez la emoción se va haciendo más intensa. Creo que es porque en todo juego siempre se sigue ciertas reglas lógicas: cuando uno comienza, siempre todo parece muy, muy fácil. Se trata entonces de adecuarse al entorno, mas no de buscar complicaciones. Las complicaciones van dándose luego, en los siguientes niveles.
Según mi parecer, basta con el nivel 1 para adecuarse al entorno. Incluso el enemigo final, conocido también como "el jefe" del nivel 1, es casi siempre un tipo bastante inútil y es muy fácil vencerle. Imagino que esa es una especie de táctica de enganche: el nivel 1 nos hace sentir capaces de vencer al enemigo sin ningún problema, por lo que la emoción crece y seguimos adelante. Vuelvo a lo de la emoción. Si seguimos esa regla, la emoción crece cada vez más frente a cada nuevo nivel.
Algo que también parece una regla es que hay ciertos niveles que son bastante problemáticos, como para mí lo fue el nivel 3, pues me tocó jugarlo a oscuras. El tiempo no era como el de costumbre: parecía que todo pasaba muy, muy lento, y justamente eso era lo complicado. Mis movimientos eran como adormecidos, no podía calcular bien los saltos, no lograba dar los pisotones definitivos sobre los enemigos, por lo que perdía demasiadas vidas. Fue un nivel bastante frustrante por el poco control que tenía sobre mí mismo.

Pero lo peor del nivel 3 vino después, cuando llegué al jefe. Era uno de esos monstruos gigantezcos, de aspecto increiblemente atemorizante, blindado por todas partes, que disparan en todas las direcciones y que lanzan bichos que te persiguen. Para hacerlo más jodido todavía, siempre se las arreglan para que uno llegue a ese jefe casi sin balas, con la peor arma del juego y con tan solo uno o dos palitos de vida.
Y ahora me veo aquí, sin entender muy bien lo que pasó ni cómo lo vencí. Quizá haya sido un golpe de suerte. Quizá debí haber muerto luego del último ataque, pero no. Seguía con vida. Dicen que uno debe salvarse de la muerte para poder entender ese "algo más" que la vida siempre nos mantuvo en secreto. Resulta que hay mil muertes que nos toca pasar, en cada nivel, en cada noche, en cada esquina. Así, mil secretos se nos van revelando, uno tras otro.
Quizá en la inconciencia entendí cómo vencer al jefe del nivel 3. Quizá en el silencio y en la calma pude ver su punto débil. Quizá fue necesario que estuviese así de adormecido, casi moribundo, para entenderlo. No era hora de morir. Porque algo más grande nos espera luego de este reto. No he llegado hasta aquí para morir ahora. Definitivamente, no era hora de morir.

Al final, uno entiende que en este juego, a diferencia de los otros tantos, no nos está permitido grabar lo avanzado. Será por eso que es tan emocionante. Porque toda la vida es juego, y los juegos... los juegos hay que pasarlos. Porque hay que sufrir en cada nivel y morir una y otra vez y volverlo a intentar. Porque hay que agarrarle el truco, hay que matar al monstruo, hay que silenciar a los fantasmas, hay que conseguir vidas extra, armas extra, balas extra. Porque la vida... la vida hay que querer jugarla, y qué mejor que hacerlo en modo "2 players".
¡Y que vengan más niveles!