Infsamnia 2

A veces mi tan rezada tolerancia se me desvanece.
Será que a veces uno debe expulsar todo eso que lleva guardado, para evitar sobrecargas.

Vamos bajando y su presencia se va opacando por tus ojos y tus ocelos. Tu brillo inmenso al sonreirme hace que su voz se desvanezca por completo; y ella, al vernos en beso, estira la boca una vez más e inicia su vuelo de mosca; y luego de un par de vueltas se muerde la lengua y se convierte en rata: huye como siempre hacia su alcantarilla y en segundos desaparece y yo ni cuenta; yo ni cuenta, porque estoy absorto, porque escucho tu voz y luego veo tus labios carnosos y orientales y entonces siento que floto; pero necesito concentrarme en ello únicamente, pues las cosas que dices son todas tan estúpidas... Evoco en mi mente una perilla y te bajo el volumen, poco a poco, despacito, hasta apagarlo todo; luego busco, en mi mente también, en el ático, la banda sonora de esta escena fantástica y consigo Viento: «Préstame tu peine y péiname el alma, desenrédame fuera de este mundo, dime que no estoy soñándote, enséñame de qué estamos hechos»; te veo y veo el brillo de tu nariz y canto para mis adentros y susurro de a pocos y pido que se detenga el tiempo y que nos lleve el viento sólo a los dos y que pueda tocar tu cuello otra vez con la excusa de tocar tus plumas y que vuelvas a soltar esa risa nerviosa y eterna, que ocurra todo eso una y mil veces pero no hables, por favor no hables o no te des cuenta que tengo tu volumen en cero y sigue moviendo los labios y regálame tu boca y tus ojos para siempre, tu boca y tus ojos para siempre, para siempre. «Para siempre, para siempre...» y yo sigo flotando. Luego de unas cuadras, un golpe me hace despertar y vuelvo a escuchar tu voz y el zumbido de las moscas, vuelvo a entender lo que dices y el brillo de tus ojos enormes se va opacando con cada palabra y tus sonrisas y tus cabellos van cambiando a escala de grises uno por uno, uno por uno, uno por uno hasta que te conviertes en piedra y siento que sigo escuchando tus estupideces y entonces me siento feliz de que estés muerta y que tu belleza se conserve en la roca: así de fría, así de gris, así de eterna, así sin decir nada. Entonces te puedo decir que me gusta cuando callas porque estás como muerta y tu voz no me jode y entonces siento que te quiero.

Infsamnia 1

A veces mi tan rezada tolerancia se me desvanece.

Buen humor. Sonriente. «Acércate», te digo con mi actitud. Hace tiempo que no hablábamos. Me siento muy a gusto preguntándote sobre cosas cotidianas y triviales. Me siento muy a gusto contándote sobre mis días de no hacer nada. Me alegra verte otra vez y todo va bien. Entonces veo tus gestos. Tus putos gestos. Sobretodo esa manía tuya de estirar la boca luego de decir algo, como disculpándote por lo dicho. Estiras la boca una y otra vez. Estiras la boca y me invade la morbosa idea de clavarte un lápiz en la cara. Pero te sonrío. Me hablas y recuerdo ahora tus ojos nerviosos y esquivos, tu mirada brillante y vacía, oculta en la nada; me hablas y el miedo se te va desparramando por las pupilas. Juego con mi lápiz en la mano y ahora le sonrío a mi idea macabra. Ya no te escucho y tú ni cuenta. Y resulta que despierto y noto que estamos solos, que todos ya se han ido; y a la vez noto que mi lápiz está muy bien tajado y vuelvo a disfrutar de mi idea. La disfruto hasta que tu lengua se hace presente: me recuerda que le debo un duelo a muerte, como el de cuando nos conocimos. Pero no. No era un buen lugar para matarte. Sigues jugeteando con la lengua, va bailando sobre tus surcos y sigue reclamando a la mía sobre ella y tú ni cuenta. Sigues hablando y tus hormonas se siguen desparramando por tu lengua, como tu miedo lo hace por tus pupilas. Entonces recuerdo tu doble moral y reafirmo mi promesa pasada: no te quiero con las venas cortadas en la puerta de mi casa otra vez. Guardo mi lápiz empapado. Guardo mis deseos empapados. «¿Nos vamos?».

Diálogos - Parte II


«Y el mayor bien es pequeño»



- Por cierto, ahí está.
- ¿De dónde salió? ¿Y cómo hizo para entrar?
- No sé, y eso que ni siquiera la conozco. Sólo de vista.
- Debió haber venido con alguien, tendrán algún amigo en común, quizás.
- Sí, dos amigas. Me sorprende que esté aquí. Me sorprende, me alegra y me asusta.
- ¿Por qué te asusta?
- Si está aquí es porque yo la he traído, y si yo la he traído es porque estoy involucrando mucho.
- ¿Tú la has traído? Pero, ¿no que no la conoces?
- Sólo de vista pero igual la traje, por eso me asusta. Ni la conozco y ya estoy involucrando mucho. No quiero obsesionarme.
- ¡Entonces sí es tu María Iribarne! Jajaja.
- Espero no terminar igual que Castel.
- No, no creo. Castel era un caso extremo; así fue desde el inicio.
- Desde la primera frase que le dijo, cuando logró encontrarla.
- Claro. Esas cosas sólo pasan en las novelas.
- ¿Escritas y televisadas?
- Jajaja. Sí, en ambas. Aunque no haya punto de comparación, pero sí.
- Aquí viene a despedirse.
- Yo tampoco la conozco, ¿por qué diablos está acercándose? ¡Y sonriente todavía!
- ¡Y qué sonrisa! Ya he cruzado algunas frases con ella esta noche. También te la he presentado.
- Te has pasado toda la noche hablando conmigo. ¿En qué momento has hablado con ella?
- Yo qué sé. Estas cosas suelen ser así de confusas.
- No recuerdo que me la hayas presentado.
- ¡Así fue!

(ya con ella)
- Chicos, ya me tengo que ir, la pasé muy bien. Gracias por la invitación. ¡Cuidense!
- ¡Cuidate también! ¡Adiós!
- Hey, gracias por venir. Me gustó mucho conocerte.
- ¡A mí también! Gracias otra vez. ¡Nos vemos!
- Nos vemos.
- Chau.

(ya sin ella)
- ¿Viste?
- Estaba a punto de preguntarte lo mismo.
- Carajo, hasta yo me di cuenta.
- Entonces no son sólo ideas mías. ¡Genial!
- Creo que fue bastante obvia: los ojos le brillan de otra forma cuando te mira.
- También creo que quiso que lo notáramos.
- Así parece, pero sigo sin entender cómo la conocimos.
- No me preguntes, yo ni idea tengo de cómo llegó aquí. ¿Notaste que no hay nadie más? Se supone que están todos en algún lugar de la casa, estamos asumiendo eso, hasta se siente el bullicio; pero en realidad no hay nadie.
- Es una fiesta y se escuchan las voces. La casa está repleta.
- Sí, pero no hay nadie. ¿Acaso reconoces alguna voz?
- La verdad, no.
- Pero sabes quiénes deben estar.
- Sí.
- Y también sabes que no puedes ir a ver.
- Lamentablemente no puedo ir a ver. Siempre pasa lo mismo: quieres correr y no puedes, quieres volar y no puedes, quieres gritar y no puedes.
- Ahora que lo mencionas, hubo una época en la que sí podía volar, pero temía chocarme con los cables del alumbrado.
- Jajaja. Tú siempre tan realista.
- ¿Crees que lo hacía a propósito? No era nada agradable saber que podías electrocutarte en cualquier momento; y lo peor es que no importa qué tan alto pudiese estar volando, a toda altura habían cables.
- Al menos podías volar. Yo nunca pude.
- ¿Pero lo intentabas?
- Claro que lo intentaba.
- Si lo intentabas entonces es porque sí podías. Freud diría que es porque te sientes atado por algo y eso te impide volar.
- ¿Freud? ¡Por favor! ¡Freud decía que los fumadores son faloadictos en potencia!
- Jajaja. Creo que exageraba algunas veces, pero lo de las ataduras suena más convincente.
- Puede ser. Igual no puedo volar.
- Lo que dicen también es que nunca se puede percibir olores.
- Mmm...
- Bueno. ¿Notaste que, ahora que se fue, todos los demás desaparecieron?
- No lo había notado. ¿Dónde estamos ahora?
- Parece que es su casa.
- Tiene cuatro camas en su cuarto. Qué raro.
- Este es el cuarto que me dieron cuando estuve en Ayacucho.
- ¿Estamos en Ayacucho?
- No. Estamos en su casa, en Lima. Su cuarto se ve como el que me dieron en Ayacucho, pero en realidad es su casa.
- Jajaja. En «realidad».
- Jaja. Sí, en «realidad».
- Mira, acaba de aparecer en la cama de allá.
- Ya la vi. Es ella.
- No hay duda.
- Ya es tiempo entonces. Ahora me acercaré y hablaré con ella; y sabré que tú estarás aquí pero en un rato desaparecerás.
- Así tenía que pasar.
- Puedo escucharte pero ya no puedo verte.
- Así tenía que pasar. Antes de terminar con todo esto, respóndeme algo.
- Pregúntame.
- ¿Por qué esta vez no notaste la diferencia?
- Porque esta vez no hubo diferencia alguna.
- Pero, ¿y el aparecer y desaparecer?, ¿y los tiempos discontinuos?
- Todo eso es normal aquí.
- ¿Entonces eres completamente consciente de estar aquí?
- Completamente, no; eso sería imposible. Pero puedo decidir. La capacidad de decisión es algo que pocas veces acompaña a uno en estos casos.
- Pero sabes que es una ficción.
- «Un frenesí, una ilusión; una sombra, una ficción». La verdad no lo sé. Este sueño es demasiado real.