another verso en la pared

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ADoro LA DeLICADA
mAneerA en LA qUe
sUeLes posAAr tUs
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LAbIos tAn CeerCA
De Los mIIos CADA
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sUerte De ennCon-
trArtee por AqUe-
LLos CorrreDoores
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Esta madrugada he visto el futuro

Si eres de los que sigue pensando que Google es un simple buscador, DEBES leer esto.

Imagínate algo así: correo, chat, Hi5 o Facebook, blog, procesador de texto, hojas de cálculo, diseño de presentaciones (es decir, Word, Excel y PowerPoint), galería de fotos, encuestas, archivos PDF, juegos, datos estadísticos, corrector ortográfico, traductor, buscador, mapas interactivos, etc., todo desde una única pestaña de tu navegador.

¿Llevas un curso de fotografía y como trabajo final debes enviar 30 fotos? Ya no es necesario subirlas una a una. Selecciónalas desde su carpeta de origen o desde la misma memoria de tu cámara y arrástralas a tu navegador y listo: ya se adjuntaron, ya se enviaron.

¿Tienes que entregar un trabajo grupal mañana? Crea una especie de «conversación múltiple» pero en un archivo. Así, todos editarán al mismo tiempo sus partes respectivas, EN UN MISMO DOCUMENTO.

¿Harás una reunión y no sabes cómo indicar la dirección? Adjunta un mapa, haz algunos trazos sobre él, escribe referencias, resalta calles, encierra el lugar en un círculo o pónle un marcador. Los que vean tu mapa irán viendo todos los cambios que tú hagas, paso a paso, como si fuese un video. Ahora, ¿quieres saber cuántas personas irán? Haz una encuesta. Apenas alguien la responda, se creará una tabla con los datos y un gráfico estadístico, que se irá actualizando solo a medida que más personas vayan contestando.

¿Te comunicas con alguien en Francia? Escribe en tu idioma natal, la traducción se irá adjuntando palabra por palabra mientras tú escribes. Y la respuesta que recibas también será traducida del francés a tu idioma, con el texto original en francés justo en la línea siguiente. Así, de paso, puedes ir aprendiendo su idioma.

¿Tienes a tus contactos dispersos por todas tus cuentas? Envía un mismo mensaje a tus contactos de correo, de blog, de Twitter, etc. al mismo tiempo. Comenta y responde comentarios de tu blog desde este mismo lugar. Crea vínculos de páginas Y DE CORREOS ANTERIORES.

Esas son sólo unas cuantas cosas de las que Google Wave es capaz. Con suerte a finales de año ya podremos contar con él. Bienvenidas las vanguardias.

La jaula

Luego de un largo viaje —al parecer, el último— al fin se abren las puertas, logro ver la luz del día y enseguida soy ubicado en medio de un campo enorme: el piso está cubierto por un material extraño y completamente nuevo para mí; intento dar algunos pasos temerosos y siento un agradable cosquilleo en las patas. Mientras sigo avanzando, me percato de que esta especie de alfombra color madera tiene algunos agujeros por donde se puede ver unas barritas grises y brillosas, que al pisarlas me hacen saltar de inmediato, pues están casi heladas y son muy dolorosas al contacto. «Pónle más aserrín», grita una voz lejana desde lo alto. De inmediato, veo cómo esos agujeros se van cubriendo con ese material, ese aserrín, como lo llama la voz lejana.

Avanzo un poco más y de pronto vuelvo a ver esas barritas grises, pero esta vez están formando algo así como una rampa. Enseguida recuerdo la sensación dolorosa que tuve al pisarlas y detengo el paso, pero al mismo tiempo veo que al terminar la rampa, en la parte de arriba, hay una bandeja larga y grande, de un color verde muy intenso que llama mucho mi atención. Quiero ver de cerca esa bandeja; quiero saber qué hay sobre ella, pero temo volver a pisar las barritas grises. Luego de dudar un buen rato, me animo a pisar ligeramente la primera barrita, el primer escalón. Vuelvo a sentir el mismo frío y el mismo dolor que hace un momento, pero enseguida estas sensaciones van desapareciendo. Entonces, me animo a avanzar entre los escalones y pisar el segundo, el tercero… Me sorprende cuán rápido he podido acostumbrarme a esa sensación y, así, llego al séptimo, el último escalón. «Ya no le duele el metal», se oye desde lo alto.

Tengo ahora, frente a mí, esa bandeja verde que tanto quería ver: desde cerca se ve como un jardín con adornos amarillos regados por el suelo, una casita blanca en una esquina y en la otra un plato pequeño y delicado, de cerámica, con cubitos de zanahoria y algunos granos y semillas sobre él. Me acerco al plato y sin pensarlo dos veces disfruto de los trozos de zanahoria. Mientras tanto, logro observar un tubo invertido de vidrio, con una especie de boquilla, que cuelga desde una de las paredes cercanas. Al acercarme y observarlo con mayor detenimiento, comprendo que es un bebedero en donde puedo saciar mi sed cada vez que lo desee.

Lo que llama mi atención de inmediato son ahora las paredes, pues veo que también están compuestas por el mismo «metal» de los escalones. Voy explorando todo el contorno de mi nuevo hogar y descubro que todas las paredes, e incluso el techo, están hechas de esas barritas grises. A través de ellas puedo ver figuras medio borrosas, grandes y lejanas, de todos los colores. También logro reconocer dos rostros, y en cada uno de ellos, un par de ojos grandes y negros que están todo el tiempo sobre mí, atentos a todos mis movimientos. «Nos está mirando», dice uno de los rostros, y los pares de ojos no se despegan de mí. Mi instinto me dice que debo ser cuidadoso con esos rostros pero, de alguna forma, me siento seguro detrás de estas barritas de metal, así que doy media vuelta y vuelvo a pasear sobre ese aserrín tan abrigador que tengo como alfombra.

De pronto, descubro algo increíble: una gran plataforma circular amarilla sostenida por un triángulo naranja se encuentra plantada en medio del lugar, similar a un monumento gigantezco, con un lugar vacío en el centro de su arquitectura, como si estuviese esperando a alguien, como si estuviese esperando por mí. Enseguida y casi por inercia, trepo sobre el triángulo naranja de la base y me ubico al centro de la gran plataforma circular. Apenas termino de acomodarme, siento que la plataforma comienza a oscilar como un péndulo y ese movimiento me resulta de lo más placentero. Intento explorar este monumento exótico pero, al hacerlo, éste se resiste, pues por algún extraño mecanismo, ninguno de los pasos que doy me permiten avanzar ni retroceder. Aumento mi velocidad y con ella aumento también la sensación inicial de placer, y al sentir que ya casi puedo avanzar, me entusiasmo de sobremanera y comienzo a correr, pero el extraño mecanismo vuelve a manifestarse, pues otra vez me niega el permiso para avanzar o retroceder, mientras que, a cambio, me ofrece altas dosis de placer y diversión, así que continúo corriendo sin preocuparme por avanzar.

Luego de un buen rato, me siento bastante cansado, así que decido salir de la «ruedita», como escuché que la llaman los rostros que están afuera, y voy por un poco de agua. Aprovecho para comer un poco más y, de pronto, siento que me invade el sueño. Me acerco a la casita blanca en la esquina del jardín y descubro, en el interior, algo parecido al algodón, que rodea todas las paredes de la casita. De inmediato tengo una gran sensación de seguridad, incluso mayor que la que experimentaba allá en el jardín, pues aquí los ojos grandes y negros de los rostros lejanos no podían alcanzarme.

Las luces se iban extinguiendo en los alrededores y, mientas tanto, el sueño se iba apoderando de mí. De esta manera, pude descansar durante aproximadamente tres horas, cuando de pronto, desperté de un salto y lo único que tenía en la cabeza era la idea de volver a jugar en la rueda. Corrí hacia ella, en el centro de mi nuevo hogar, y en pocos segundos, ya estaba haciéndola girar bajo mi desesperado correteo. «Los hámsters juegan toda la noche», fue lo último que escuché desde allá afuera. En realidad, fue lo último que me importó escuchar, antes de seguir corriendo hacia ningún lugar y permitirme experimentar otra vez esa sensación de felicidad absoluta e indescriptible.