Esta vez sí podemos

El amor cuando quiere matarnos en vida, llega sin avisar. No pretendo definir el amor; no pretendo decir que sé cómo es, cómo se viste ni cómo se peina. Cuando me preguntan qué es, doy un honesto «no sé». Es que, en verdad, creo que no es posible describirlo; al menos, no con palabras. Quizá con ejemplos podría acercarme a conocerlo, pero serían unas cuantas pinceladas en ese lienzo infinito del que ya no quiero referirme, porque ¿para qué pintar algo que quiere matarnos en vida? No tendría sentido dar ejemplos. Tampoco sería suficiente representarlo mediante imágenes; de ser así, tendría que desarrollar todo un tratado semiótico, y mi biblia del entendimiento personal sobre lo semiótico todavía tiene muchas páginas en blanco.

Me presento aquí, entonces, completamente desvalido: sin definiciones, sin ejemplos, sin imágenes... pero sí con muchas, demasiadas, contradicciones; porque es lo más preciso para este tema tan contradictorio. Entonces, como primera contradicción (y es la única que voy a enumerar), quiero dar un ejemplo de lo que es el amor cuando quiere matarnos en vida.

Como siempre, llegó sin avisar. Si hubiese avisado, ahora contaría con una genial imagen para ilustrar un poco más esta historia; pero no avisó, por eso la imagen resultaría muy poco ilustrativa, muy poco clara, osea bastante oscura.

Llegó también en un muy mal momento para ambos implicados (esa es otra de sus características perversas y habituales), y aunque las complicaciones sean del todo diferentes, son complicaciones al fin y al cabo y hay que tenerlas en cuenta.

En este punto de la historia, el ejemplo ya perdió su razón de ser, así que ya no viene al caso mencionarlo. Sería absurdo seguir comentándolo: cuando el ejemplo pierde su razón de ser, se transforma en chisme.

En este punto de la historia, es preciso comenzar a contarla (contarla, la historia).

Es como (este también es un ejemplo y otra contradicción, pero ya no está enumerado [el ejemplo {ni la contradicción (no está enumerada)}]) si cayese un meteorito sobre el planeta de la relativa estabilidad emocional que tiene cada uno en el universo del alma humana. Todo, incluso el tiempo, se hace incongruente e impredecible. Uno comienza a vivir y a morir cada quince minutos: naces y mueres y vuelves a morir y luego naces tres veces y así hasta que dices: «Ya, que el tiempo lo diga todo» y luego te mueres. Después te mueres otra vez.

Llevo siete días tratando de encontrar una solución al problema que no he mencionado aquí (pese a ser lo más importante para un mejor entendimiento [por parte de ustedes —el detalle es que no quiero que tengan un mejor entendimiento de esto; con lo que les digo, basta—]) y puedo decir que ya he pensado en todo. He tratado de devolver el fruto prohibido al lugar en el que estaba, he tratado de borrar mis huellas, disimular la mordida que le di aquella noche, quitarme el sabor de la boca... pero todo ha sido en vano. No he podido hacer nada de eso; aunque, sinceramente, creo que no he querido. ¡Cómo querer quitarme ese sabor de la boca! ¡Habría que estar loco!

Pero la conciencia no ha dejado de torturarme. Es cierto que he estado buscando soluciones, pero cada una resultaba ser una nueva complicación, lo que implicaba otras mil muertes sucesivas.

Pensar, pensar, pensar.

«Yo no reniego de lo que me toca, yo no me arrepiento, pues no tengo culpa», cuánta razón le he dado a esos versos y se la sigo dando, pero cuán poco me ayudan ahora. Sigo inventando soluciones y sigo creando conflictos externos e internos. «¿Cuántas veces debemos morir?, ¿cuántas veces más debemos resistir?». Pensar. Tiempo. Solución entonces conflicto entonces morir y esto ya parece un melodrama.

Mencioné que era un mal momento. Las complicaciones se volvieron a manifestar y esta vez con más fuerza y varias al mismo tiempo. El entorno ya era insoportable.

«Me voy de aquí».

Aislado, nublado, bastante perturbado y completamente desanimado, busqué una última solución al problema ese del océano en el vaso. Porque creo que en realidad sabemos que es un vaso, pero sólo lo sabemos cuando estamos afuera. Desde adentro, es un océano, y nada ni nadie podrá hacernos pensar otra cosa mientras estemos adentro.

Ahí entonces, sobre una banca vieja, me quedé buscando formas en la arena, tratando de relacionar el camino de las hormigas con lo que me pasa, buscando «la respuesta» en las cosas nimias. Estuve un tiempo, unas horas, unas cuantas vidas más; así, en el ático, en las sombras; así, hasta apagar el último cigarro y soltar mi última frase.

«No puedo».

Apenas dije lo que dije, el entorno adquirió un brillo propio. Ahora veía la respuesta en todas partes. Sí, «la» respuesta. Ahora los granos infinitos de arena y las filas interminables de hormigas me decían exactamente lo mismo. Lo que estuve viendo ahí eran mis pensamientos, regados por todos lados; mis pensamientos caminando uno tras otro, llevando cada uno un pedazo de coherencia, quién sabe para qué.

No dejó de sorprenderme lo que acababa de pasar. Tuve que darme por vencido, tuve que resignarme, tuve que dejar morir el orgullo, para que el universo y toda su grandeza puedan revelarme lo que estaba buscando.

La respuesta era, precisamente, que no hay respuesta. No hay forma en la arena: hay mil formas y a la vez ninguna. No hay final en la fila de hormigas: inicia en donde termina, inicia con cada hormiga.

Aunque esto parezca ilógico, es completamente coherente, ya que hablamos de contradicciones.

Cuando se trata del amor cuando quiere matarnos en vida, lo mejor es no pensar, porque mientras uno más piense, más se aleja de lo que busca. Las respuestas ansiadas, las honestas, las que andamos buscando, en realidad vienen solas, cuando realmente deban venir.

Y lo mejor de todo esto es que no hubiera llegado a esa conclusión (de que lo mejor es no pensar) si no hubiese pensado tanto en ello.

«Esta vez sí podemos»

Sólo algo se me antoja tan ruin y perverso como lo es el amor cuando quiere matarnos en vida. Sólo algo se me antoja tan ruin y perverso. Ese algo es el fútbol. Razón tienen en decir que el fútbol es una pasión; pero ésta, por sobre las demás pasiones, se apodera de la masa de una forma casi absoluta y les destroza algo minúsculo pero increiblemente grandioso: el potencial de fe. Porque el potencial de fe es como una pequeña llama encendida en lo más interno de nuestro ser y muchas veces está como muerta, al borde de la extinción, aunque nunca llega a extinguirse por completo. Basta un estímulo en la dirección adecuada para que la llama se propague e ilumine toda nuestra existencia sin discriminar nada de lo que encuentre a su paso. Al encontrarnos así, en llamas, podemos volvernos infinítamente fuertes y hacernos eternos, o podemos quemarnos por equivocarnos de chispa, como pasa con el fútbol y con el amor cuando quiere matarnos en vida.

Nada me parece más absurdo que volver a creer ciegamente en aquello que ya nos ilusionó antes y que luego nos pisoteó hasta la burla, una y otra vez. Y es que de eso se trata una pasión: el amor cuando quiere matarnos en vida es igual al fútbol; por eso hay quienes dicen que cuando uno se enamora está perdido. «Esta vez sí podemos». El hombre, cuando quiere, puede ser más testarudo y más animal que el animal mismo. La masa piensa que las nuevas contrataciones harán posible el tan ansiado cambio: el nuevo delantero, el nuevo plantel, el nuevo técnico, la nueva mierda que reemplaza a la mierda. Al igual que con el amor cuando quiere matarnos en vida, el problema no basta con cambiar de persona. Así también, hay de los que creen que se enamoran siempre. Hay de los que dicen que no tienen suerte en el amor y que siempre terminan hundidos. «Esta vez sí podemos». Una y otra vez y todo sigue igual.

Nada sería más acertado que calmar los ánimos y ver y analizar lo evidente. Si la pasión, si el fútbol, si el amor cuando quiere matarnos en vida, si aquellos dioses malignos empeñan toda su industria para engañarnos siempre, es necesario suspender nuestro juicio. Destruir el sistema que tanto nos engaña es lo más racional. Destruirlo y volverlo a construir desde las bases, entendiendo cada uno de sus pasos y ubicando cada uno de los ladrillos en el lugar y momento adecuados. Esto quizá nos lleve a límites similares a los del propio sistema cartesiano. Al menos nuestro nuevo sistema tendrá una base mucho mejor sustentada que la base de las pasiones. Esta en las manos de cada uno el engendrar un sistema nuevo y completamente racional para que el amor cuando quiere matarnos en vida deje de matarnos en vida. El fútbol, en cambio, escapa de nuestras manos. Para nuestra suerte, hay vacunas que nos hacen invulnerables a ese tipo de estímulos. Estas vacunas vienen en formas distintas: en forma de hostia, de pentagrama, de grabado, de bodegón, de papel tras papel enumerado, empastados o engrapados; en forma de botella, de certificado; en forma de universidad, en forma de juguete, de papá y mamá, de amigo leal, de mascota; vienen en forma de espejo, vienen en forma de vida propia. De ese modo, El Creador se asegura de que nuestra pequeña llama encendida en lo más interno de nuestro ser no se apague nunca.

Infsamnia 2

A veces mi tan rezada tolerancia se me desvanece.
Será que a veces uno debe expulsar todo eso que lleva guardado, para evitar sobrecargas.

Vamos bajando y su presencia se va opacando por tus ojos y tus ocelos. Tu brillo inmenso al sonreirme hace que su voz se desvanezca por completo; y ella, al vernos en beso, estira la boca una vez más e inicia su vuelo de mosca; y luego de un par de vueltas se muerde la lengua y se convierte en rata: huye como siempre hacia su alcantarilla y en segundos desaparece y yo ni cuenta; yo ni cuenta, porque estoy absorto, porque escucho tu voz y luego veo tus labios carnosos y orientales y entonces siento que floto; pero necesito concentrarme en ello únicamente, pues las cosas que dices son todas tan estúpidas... Evoco en mi mente una perilla y te bajo el volumen, poco a poco, despacito, hasta apagarlo todo; luego busco, en mi mente también, en el ático, la banda sonora de esta escena fantástica y consigo Viento: «Préstame tu peine y péiname el alma, desenrédame fuera de este mundo, dime que no estoy soñándote, enséñame de qué estamos hechos»; te veo y veo el brillo de tu nariz y canto para mis adentros y susurro de a pocos y pido que se detenga el tiempo y que nos lleve el viento sólo a los dos y que pueda tocar tu cuello otra vez con la excusa de tocar tus plumas y que vuelvas a soltar esa risa nerviosa y eterna, que ocurra todo eso una y mil veces pero no hables, por favor no hables o no te des cuenta que tengo tu volumen en cero y sigue moviendo los labios y regálame tu boca y tus ojos para siempre, tu boca y tus ojos para siempre, para siempre. «Para siempre, para siempre...» y yo sigo flotando. Luego de unas cuadras, un golpe me hace despertar y vuelvo a escuchar tu voz y el zumbido de las moscas, vuelvo a entender lo que dices y el brillo de tus ojos enormes se va opacando con cada palabra y tus sonrisas y tus cabellos van cambiando a escala de grises uno por uno, uno por uno, uno por uno hasta que te conviertes en piedra y siento que sigo escuchando tus estupideces y entonces me siento feliz de que estés muerta y que tu belleza se conserve en la roca: así de fría, así de gris, así de eterna, así sin decir nada. Entonces te puedo decir que me gusta cuando callas porque estás como muerta y tu voz no me jode y entonces siento que te quiero.