«Esta vez sí podemos»

Sólo algo se me antoja tan ruin y perverso como lo es el amor cuando quiere matarnos en vida. Sólo algo se me antoja tan ruin y perverso. Ese algo es el fútbol. Razón tienen en decir que el fútbol es una pasión; pero ésta, por sobre las demás pasiones, se apodera de la masa de una forma casi absoluta y les destroza algo minúsculo pero increiblemente grandioso: el potencial de fe. Porque el potencial de fe es como una pequeña llama encendida en lo más interno de nuestro ser y muchas veces está como muerta, al borde de la extinción, aunque nunca llega a extinguirse por completo. Basta un estímulo en la dirección adecuada para que la llama se propague e ilumine toda nuestra existencia sin discriminar nada de lo que encuentre a su paso. Al encontrarnos así, en llamas, podemos volvernos infinítamente fuertes y hacernos eternos, o podemos quemarnos por equivocarnos de chispa, como pasa con el fútbol y con el amor cuando quiere matarnos en vida.

Nada me parece más absurdo que volver a creer ciegamente en aquello que ya nos ilusionó antes y que luego nos pisoteó hasta la burla, una y otra vez. Y es que de eso se trata una pasión: el amor cuando quiere matarnos en vida es igual al fútbol; por eso hay quienes dicen que cuando uno se enamora está perdido. «Esta vez sí podemos». El hombre, cuando quiere, puede ser más testarudo y más animal que el animal mismo. La masa piensa que las nuevas contrataciones harán posible el tan ansiado cambio: el nuevo delantero, el nuevo plantel, el nuevo técnico, la nueva mierda que reemplaza a la mierda. Al igual que con el amor cuando quiere matarnos en vida, el problema no basta con cambiar de persona. Así también, hay de los que creen que se enamoran siempre. Hay de los que dicen que no tienen suerte en el amor y que siempre terminan hundidos. «Esta vez sí podemos». Una y otra vez y todo sigue igual.

Nada sería más acertado que calmar los ánimos y ver y analizar lo evidente. Si la pasión, si el fútbol, si el amor cuando quiere matarnos en vida, si aquellos dioses malignos empeñan toda su industria para engañarnos siempre, es necesario suspender nuestro juicio. Destruir el sistema que tanto nos engaña es lo más racional. Destruirlo y volverlo a construir desde las bases, entendiendo cada uno de sus pasos y ubicando cada uno de los ladrillos en el lugar y momento adecuados. Esto quizá nos lleve a límites similares a los del propio sistema cartesiano. Al menos nuestro nuevo sistema tendrá una base mucho mejor sustentada que la base de las pasiones. Esta en las manos de cada uno el engendrar un sistema nuevo y completamente racional para que el amor cuando quiere matarnos en vida deje de matarnos en vida. El fútbol, en cambio, escapa de nuestras manos. Para nuestra suerte, hay vacunas que nos hacen invulnerables a ese tipo de estímulos. Estas vacunas vienen en formas distintas: en forma de hostia, de pentagrama, de grabado, de bodegón, de papel tras papel enumerado, empastados o engrapados; en forma de botella, de certificado; en forma de universidad, en forma de juguete, de papá y mamá, de amigo leal, de mascota; vienen en forma de espejo, vienen en forma de vida propia. De ese modo, El Creador se asegura de que nuestra pequeña llama encendida en lo más interno de nuestro ser no se apague nunca.

Infsamnia 2

A veces mi tan rezada tolerancia se me desvanece.
Será que a veces uno debe expulsar todo eso que lleva guardado, para evitar sobrecargas.

Vamos bajando y su presencia se va opacando por tus ojos y tus ocelos. Tu brillo inmenso al sonreirme hace que su voz se desvanezca por completo; y ella, al vernos en beso, estira la boca una vez más e inicia su vuelo de mosca; y luego de un par de vueltas se muerde la lengua y se convierte en rata: huye como siempre hacia su alcantarilla y en segundos desaparece y yo ni cuenta; yo ni cuenta, porque estoy absorto, porque escucho tu voz y luego veo tus labios carnosos y orientales y entonces siento que floto; pero necesito concentrarme en ello únicamente, pues las cosas que dices son todas tan estúpidas... Evoco en mi mente una perilla y te bajo el volumen, poco a poco, despacito, hasta apagarlo todo; luego busco, en mi mente también, en el ático, la banda sonora de esta escena fantástica y consigo Viento: «Préstame tu peine y péiname el alma, desenrédame fuera de este mundo, dime que no estoy soñándote, enséñame de qué estamos hechos»; te veo y veo el brillo de tu nariz y canto para mis adentros y susurro de a pocos y pido que se detenga el tiempo y que nos lleve el viento sólo a los dos y que pueda tocar tu cuello otra vez con la excusa de tocar tus plumas y que vuelvas a soltar esa risa nerviosa y eterna, que ocurra todo eso una y mil veces pero no hables, por favor no hables o no te des cuenta que tengo tu volumen en cero y sigue moviendo los labios y regálame tu boca y tus ojos para siempre, tu boca y tus ojos para siempre, para siempre. «Para siempre, para siempre...» y yo sigo flotando. Luego de unas cuadras, un golpe me hace despertar y vuelvo a escuchar tu voz y el zumbido de las moscas, vuelvo a entender lo que dices y el brillo de tus ojos enormes se va opacando con cada palabra y tus sonrisas y tus cabellos van cambiando a escala de grises uno por uno, uno por uno, uno por uno hasta que te conviertes en piedra y siento que sigo escuchando tus estupideces y entonces me siento feliz de que estés muerta y que tu belleza se conserve en la roca: así de fría, así de gris, así de eterna, así sin decir nada. Entonces te puedo decir que me gusta cuando callas porque estás como muerta y tu voz no me jode y entonces siento que te quiero.

Infsamnia 1

A veces mi tan rezada tolerancia se me desvanece.

Buen humor. Sonriente. «Acércate», te digo con mi actitud. Hace tiempo que no hablábamos. Me siento muy a gusto preguntándote sobre cosas cotidianas y triviales. Me siento muy a gusto contándote sobre mis días de no hacer nada. Me alegra verte otra vez y todo va bien. Entonces veo tus gestos. Tus putos gestos. Sobretodo esa manía tuya de estirar la boca luego de decir algo, como disculpándote por lo dicho. Estiras la boca una y otra vez. Estiras la boca y me invade la morbosa idea de clavarte un lápiz en la cara. Pero te sonrío. Me hablas y recuerdo ahora tus ojos nerviosos y esquivos, tu mirada brillante y vacía, oculta en la nada; me hablas y el miedo se te va desparramando por las pupilas. Juego con mi lápiz en la mano y ahora le sonrío a mi idea macabra. Ya no te escucho y tú ni cuenta. Y resulta que despierto y noto que estamos solos, que todos ya se han ido; y a la vez noto que mi lápiz está muy bien tajado y vuelvo a disfrutar de mi idea. La disfruto hasta que tu lengua se hace presente: me recuerda que le debo un duelo a muerte, como el de cuando nos conocimos. Pero no. No era un buen lugar para matarte. Sigues jugeteando con la lengua, va bailando sobre tus surcos y sigue reclamando a la mía sobre ella y tú ni cuenta. Sigues hablando y tus hormonas se siguen desparramando por tu lengua, como tu miedo lo hace por tus pupilas. Entonces recuerdo tu doble moral y reafirmo mi promesa pasada: no te quiero con las venas cortadas en la puerta de mi casa otra vez. Guardo mi lápiz empapado. Guardo mis deseos empapados. «¿Nos vamos?».