Infsamnia 1

A veces mi tan rezada tolerancia se me desvanece.

Buen humor. Sonriente. «Acércate», te digo con mi actitud. Hace tiempo que no hablábamos. Me siento muy a gusto preguntándote sobre cosas cotidianas y triviales. Me siento muy a gusto contándote sobre mis días de no hacer nada. Me alegra verte otra vez y todo va bien. Entonces veo tus gestos. Tus putos gestos. Sobretodo esa manía tuya de estirar la boca luego de decir algo, como disculpándote por lo dicho. Estiras la boca una y otra vez. Estiras la boca y me invade la morbosa idea de clavarte un lápiz en la cara. Pero te sonrío. Me hablas y recuerdo ahora tus ojos nerviosos y esquivos, tu mirada brillante y vacía, oculta en la nada; me hablas y el miedo se te va desparramando por las pupilas. Juego con mi lápiz en la mano y ahora le sonrío a mi idea macabra. Ya no te escucho y tú ni cuenta. Y resulta que despierto y noto que estamos solos, que todos ya se han ido; y a la vez noto que mi lápiz está muy bien tajado y vuelvo a disfrutar de mi idea. La disfruto hasta que tu lengua se hace presente: me recuerda que le debo un duelo a muerte, como el de cuando nos conocimos. Pero no. No era un buen lugar para matarte. Sigues jugeteando con la lengua, va bailando sobre tus surcos y sigue reclamando a la mía sobre ella y tú ni cuenta. Sigues hablando y tus hormonas se siguen desparramando por tu lengua, como tu miedo lo hace por tus pupilas. Entonces recuerdo tu doble moral y reafirmo mi promesa pasada: no te quiero con las venas cortadas en la puerta de mi casa otra vez. Guardo mi lápiz empapado. Guardo mis deseos empapados. «¿Nos vamos?».

Diálogos - Parte II


«Y el mayor bien es pequeño»



- Por cierto, ahí está.
- ¿De dónde salió? ¿Y cómo hizo para entrar?
- No sé, y eso que ni siquiera la conozco. Sólo de vista.
- Debió haber venido con alguien, tendrán algún amigo en común, quizás.
- Sí, dos amigas. Me sorprende que esté aquí. Me sorprende, me alegra y me asusta.
- ¿Por qué te asusta?
- Si está aquí es porque yo la he traído, y si yo la he traído es porque estoy involucrando mucho.
- ¿Tú la has traído? Pero, ¿no que no la conoces?
- Sólo de vista pero igual la traje, por eso me asusta. Ni la conozco y ya estoy involucrando mucho. No quiero obsesionarme.
- ¡Entonces sí es tu María Iribarne! Jajaja.
- Espero no terminar igual que Castel.
- No, no creo. Castel era un caso extremo; así fue desde el inicio.
- Desde la primera frase que le dijo, cuando logró encontrarla.
- Claro. Esas cosas sólo pasan en las novelas.
- ¿Escritas y televisadas?
- Jajaja. Sí, en ambas. Aunque no haya punto de comparación, pero sí.
- Aquí viene a despedirse.
- Yo tampoco la conozco, ¿por qué diablos está acercándose? ¡Y sonriente todavía!
- ¡Y qué sonrisa! Ya he cruzado algunas frases con ella esta noche. También te la he presentado.
- Te has pasado toda la noche hablando conmigo. ¿En qué momento has hablado con ella?
- Yo qué sé. Estas cosas suelen ser así de confusas.
- No recuerdo que me la hayas presentado.
- ¡Así fue!

(ya con ella)
- Chicos, ya me tengo que ir, la pasé muy bien. Gracias por la invitación. ¡Cuidense!
- ¡Cuidate también! ¡Adiós!
- Hey, gracias por venir. Me gustó mucho conocerte.
- ¡A mí también! Gracias otra vez. ¡Nos vemos!
- Nos vemos.
- Chau.

(ya sin ella)
- ¿Viste?
- Estaba a punto de preguntarte lo mismo.
- Carajo, hasta yo me di cuenta.
- Entonces no son sólo ideas mías. ¡Genial!
- Creo que fue bastante obvia: los ojos le brillan de otra forma cuando te mira.
- También creo que quiso que lo notáramos.
- Así parece, pero sigo sin entender cómo la conocimos.
- No me preguntes, yo ni idea tengo de cómo llegó aquí. ¿Notaste que no hay nadie más? Se supone que están todos en algún lugar de la casa, estamos asumiendo eso, hasta se siente el bullicio; pero en realidad no hay nadie.
- Es una fiesta y se escuchan las voces. La casa está repleta.
- Sí, pero no hay nadie. ¿Acaso reconoces alguna voz?
- La verdad, no.
- Pero sabes quiénes deben estar.
- Sí.
- Y también sabes que no puedes ir a ver.
- Lamentablemente no puedo ir a ver. Siempre pasa lo mismo: quieres correr y no puedes, quieres volar y no puedes, quieres gritar y no puedes.
- Ahora que lo mencionas, hubo una época en la que sí podía volar, pero temía chocarme con los cables del alumbrado.
- Jajaja. Tú siempre tan realista.
- ¿Crees que lo hacía a propósito? No era nada agradable saber que podías electrocutarte en cualquier momento; y lo peor es que no importa qué tan alto pudiese estar volando, a toda altura habían cables.
- Al menos podías volar. Yo nunca pude.
- ¿Pero lo intentabas?
- Claro que lo intentaba.
- Si lo intentabas entonces es porque sí podías. Freud diría que es porque te sientes atado por algo y eso te impide volar.
- ¿Freud? ¡Por favor! ¡Freud decía que los fumadores son faloadictos en potencia!
- Jajaja. Creo que exageraba algunas veces, pero lo de las ataduras suena más convincente.
- Puede ser. Igual no puedo volar.
- Lo que dicen también es que nunca se puede percibir olores.
- Mmm...
- Bueno. ¿Notaste que, ahora que se fue, todos los demás desaparecieron?
- No lo había notado. ¿Dónde estamos ahora?
- Parece que es su casa.
- Tiene cuatro camas en su cuarto. Qué raro.
- Este es el cuarto que me dieron cuando estuve en Ayacucho.
- ¿Estamos en Ayacucho?
- No. Estamos en su casa, en Lima. Su cuarto se ve como el que me dieron en Ayacucho, pero en realidad es su casa.
- Jajaja. En «realidad».
- Jaja. Sí, en «realidad».
- Mira, acaba de aparecer en la cama de allá.
- Ya la vi. Es ella.
- No hay duda.
- Ya es tiempo entonces. Ahora me acercaré y hablaré con ella; y sabré que tú estarás aquí pero en un rato desaparecerás.
- Así tenía que pasar.
- Puedo escucharte pero ya no puedo verte.
- Así tenía que pasar. Antes de terminar con todo esto, respóndeme algo.
- Pregúntame.
- ¿Por qué esta vez no notaste la diferencia?
- Porque esta vez no hubo diferencia alguna.
- Pero, ¿y el aparecer y desaparecer?, ¿y los tiempos discontinuos?
- Todo eso es normal aquí.
- ¿Entonces eres completamente consciente de estar aquí?
- Completamente, no; eso sería imposible. Pero puedo decidir. La capacidad de decisión es algo que pocas veces acompaña a uno en estos casos.
- Pero sabes que es una ficción.
- «Un frenesí, una ilusión; una sombra, una ficción». La verdad no lo sé. Este sueño es demasiado real.

Diálogos - Parte I


«Ave María purísima / sin pecado, concebida»


- Es, por todo lo que te dije, que estoy algo preocupado últimamente.
- Creo que no es tan trágico como lo imaginas: artículos especializados y hasta estudios psicológicos han coincicido en decir que ese tipo de relaciones de las que hablas son las más comunes, pero no son las únicas.
- De hecho que son las más comunes: casi todas las parejas que conozco tienen síntomas de ser así.
- Las más comunes, pero no las únicas; y para tu suerte, el otro tipo de relación es justo así como tú me la describes, así que no te desanimes, ya llegará.
- Jajaja.
- ¿De qué te ries?
- «Ya llegará». Suena como si estuviese desesperado. No estoy desesperado, sólo algo preocupado.
- Sí, sí, entiendo. Tus experiencias no han sido tan...
- Exacto.
- Te lo vuelvo a decir entonces: ya llegará.
- Seguramente. Pero, ¿sabes qué es lo extraño? Me imagino con una relación así, como las del otro tipo, y creo que no me sentiría a gusto para nada.
- ¡Total! ¡Quién te entiende! ¿Por qué dices eso ahora?
- Una relación calculada sería demasiado fría, demasiado insoportable.
- Te estás contradiciendo. Dices que no te gustan las relaciones demasiado apasionadas, pero que tampoco te gustaría una relación calculada.
- Tú lo has dicho. El problema está en el «demasiado». No me gustan los extremos.
- Lo que yo creo es que tú quieres ser apasionado y ser frío cuando te da la gana. Podría decir que tienes lo que todos: demasiado egoísmo como para ser tolerante en una relación.
- «A veces, mi tan rezada tolerancia se me desvanece».
- ¿Quién fue?
- Aún nadie.
- Tolerancia. Me gusta esa palabra.
- Lo que dices es cierto, en parte. Es difícil ser tolerante, sobretodo cuando pones mucho en juego.
- O cuando involucras sentimientos.
- Porque tus sentimientos son los que están en juego. De ahí se deduce que...
- Si no involucras muchos sentimientos, ¿te resulta más fácil ser tolerante?
- Por eso me gusta hablar contigo.
- Ya me lo imaginaba: lo que tú quieres es tener el control.
- La mayoría del tiempo promedio, sí. Como te dije, no me gustan los extremos: sería igual de aburrido tener el control todo el tiempo. Quiero calor cuando deba haberlo y frío cuando sea necesario. Un equilibrio. Eso sería lo ideal. Lo «ideal».
- «El equilibrio es imposible».
- Jajaja. Es cierto. Muy cierto. ¿Sabes si tienen algún nuevo disco?
- Ni idea. Nunca me tomé la molestia de averiguar siquiera sus nombres.
- Vaya.
- Bueno, creo que querer tener el control también es normal, aunque lamentablemente en muchos casos es inconsciente.
- Es inconsciente en los niños. Sentimentalmente niños.
- Jajaja. «Niños, sentimentalmente niños», «Morir, socialmente morir», me gusta el énfasis que le da ese orden a las palabras.
- Y ahora que estamos hablando de eso, «¿¿-Tú-aún-crees-que-tienes-el-control-??».
- Jajajajaja. ¡Qué pendejo que eres! ¡No me digas que te estabas refiriendo a eso?
- Claro. Tanto esfuerzo no es en vano. Siempre uno trata de mandar un mensaje extra.
- Osea que te dedicas a publicar tu vida en volantitos de colores.
- Jajaja, si lo quieres ver de ese modo...
- ¿Y cuál fue tu confesión la vez anterior?, ¿que estabas caliente?
- Jajaja. No. Fue un llamado a la revolución.
- ¿A todo el Perú?
- No, a Letras. Los primeros decían «Letras».
- Claro. Era época de toma.
- Como siempre.
- Pero creo que nadie entendió tu llamado.
- Es cierto. Justo de eso se trata. Mi llamado no fue explícito, pero eso no quiere decir que no lo haya hecho. Los que quisieron verlo así, lo vieron.
- Entonces no fue efectivo. Tenías un fin y nadie se percató de ello.
- El fin era generar preguntas, causar interés, llamar la atención, pero para lo otro, para el evento. Lo de la revolución era como una ventana en la esquina de un cuadro.
- Una ventana en la esquina de un cuadro... ¡Muy al estilo de Castel!
- Exacto. Toda su obra era agradable para los ojos de las masas y nadie se percataba del mensaje de fondo. Esa también era la intención de Castel: estaba comunicando algo con excesivo ruido puesto adrede.
- Hasta que llegó Mayra Iribarne y captó su mensaje.
- María. Sí, y Castel se obsesionó.
- ¿Y ya llegó tu María Iribarne?
- Mayra. Sí.
- ¡Total! ¿Es María o Mayra?
- Es igual; igual Castel se obsesionó.
- ¿Y tú te obsesionaste?
- Castel.