Era necesario tocar fondo: era necesario morir.
Estuve divagando, privado de mis sentidos, guiado únicamente por algún extraño motor ajeno a mi conocimiento. Avanzando a ciegas ante tanta luz, descubriendo formas exóticas y eróticas en el camino; y, como suele decirme M. muchas veces: «Recuerdas».
Aquí el tiempo salta y el espacio también.
Ahí abajo, desprovisto de aire, viendo azul, saboreando el cloro y sin poder tocar nada concretamente, comencé a recordar todos esos días de lenta y dulce decadencia. Pido ayuda a todos mis demonios, pero ninguno viene a socorrerme. Ahora, humano, miserable humano, estás solo.
Me hundo y me dejo morir por un instante.
Es increíble todo lo que uno oye en el silencio, en ese momento de paz que le antecede a la muerte. En cierto preciso momento, llega un susurro que te da la respuesta. Sí, «la» respuesta.
«No».
Abres los ojos. Vuelves a la vida. Detienes las balas. Llegas más alto. Logras lo imposible.
Resurges.
Para resurgir, es necesario morir primero.
He buscado la quietud que caracteriza a tu espíritu esta tarde, luego de morir, pero recuerdo que Bellas Artes está tomada. Quizá deba esperar a Warhol otra vez por Perú y así poder conocernos de nuevo.


